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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 118

VALERIA

Comencé a tocarme las ropas, no podía ser que lo hubiese perdido en la pelea, o peor, cuando perseguí enojada a esos vampiros.

Miré a todos lados del suelo, desesperada, entonces lo vi, a unos metros de mi posición.

El corazón ya no tenía la forma de un rubí, se había derretido en un charco oscuro del mismo color de la laguna, como sangre concentrada y poderosa.

Me levanté con temblor en las piernas, malherida y en las últimas, estaba aguantando por la pura adrenalina y las ganas de sobrevivir.

Me arrodillé delante de esa sangre y supliqué, lo hice como nunca antes, mirando hacia mi mate, lleno de heridas graves, enfrentándose como una bestia a ese enemigo para que no llegase hasta nosotros.

“Por favor mis ancestros, te lo ruego Juno, madre, por favor, Gabrielle, te estoy convocando Selenia poderosa, ayúdame en este momento de necesidad, ayúdame”

Las palabras brotaron de mi corazón, mientras las lágrimas y gotas de sangre de mis heridas caían sobre la pequeña laguna que se estaba formando, la superficie calmada comenzó a burbujear como si estuviese a fuego lento.

“Te convoco aquí, Selenia Gabrielle, te llamo, en esta hora de necesidad, madre, tu hija Valeria, te necesita… ¡Te necesito ahora, Gabrielle, ahora!”

Cambié de lenguaje en algún momento como en trance y palabras en ese idioma antiguo de los altares se vertían en mi mente.

Cerré los ojos y evoqué el cántico ancestral, mis plegarias, una y otra vez, las lágrimas caían sin cesar por mis mejillas, de rodillas, solo esto me quedaba y me aferré a la esperanza con dientes y garras.

Abrí los ojos empañados al sentir una calidez sobre mi cabeza, elevé mi mirada para ver asombrada lo que se había moldeado a partir del corazón de las Selenias.

Era la forma de una mujer hecha de esa sangre, como si todo ese líquido vital se estuviese solidificando en una forma humana.

Me miraba intensamente y acariciando mi cabeza, me sentía rara, sus rasgos irreconocibles.

— ¿Mamá? – me atreví a preguntarle y una sonrisa apareció en esos labios carmesíes.

Caminó entonces hacia la pelea, dejándome ahí estupefacta.

Miré al suelo frente a mí y ya no había nada, ni el charco, ni la sangre, mucho menos el corazón de las Selenias, todo se había compactado en esa figura que avanzaba descalza, dejando huellas rojas sobre el camino.

*****

ALDRIC

Pensaba luchar hasta la muerte por mi familia, no me las arrebatarían de nuevo justo frente a mis ojos, así que saqué toda la rabia y el odio que le tenía a este hijo de puta que maltrató y humilló a mi mujer.

Azarot estaba en modo guerra, potenciando todo el poder de la bestia lycan, mis músculos explotaban al máximo de mis fuerzas, mis garras más afiladas y letales que nunca, mis poderosas piernas me impulsaban para esquivar y arremeter.

Retirarme y atacar, una y otra vez, buscando sus puntos débiles, él también me atacaba sin piedad.

Una voz se vertió de repente en mi mente, poderosa y vibrante.

En medio de mi forcejeo con el Rey Vampiro intentando atravesar mi cuerpo con sus garras, levanté la cabeza unos metros más allá y entonces me quedé por un segundo congelado.

La figura de una mujer venía caminando con pasos seguros, su cuerpo parecía destilar un rastro de sangre que se convirtió luego en un largo vestido raro como venas palpitantes y tejido.

Dentro de todo ese rojo, los rasgos humanos empezaron a definirse.

Cabello negro largo que caía sobre una piel tan blanca como la de mi Valeria, rasgos demasiado parecidos a mi hembra, solo que más maduros, ojos azules impetuosos me miraban sin miedo y luego cuando se posaron sobre el Rey Vampiro de espalda a ella.

Esos orbes impresionantes parecían contener todo el rencor y el odio del mundo.

“Déjamelo a mí, no me niegues esta venganza como madre, te lo pido… por favor”

— “¡Aaaagggrr!” – ¡AZAROT, VAMOS!

Sin analizarlo mucho, le rugí a mi lobo explotando con todo lo que me quedaba y estaba guardando para una pelea larga.

Las venas de mis enormes brazos se abultaron, clavé las largas garras negras en ese maldito para quitármelo de encima, alzándolo por los aires, tomándolo desprevenido y arrojándolo hacia donde estaba ella.

La venganza de una madre, es peor que la de un esposo.

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