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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 165

NARRADORA

La oscuridad que pululaba como volutas de polvo al viento se extendió como una mano que acarició con suavidad las lágrimas en su mejilla.

“Ven a mí, amor, no tengas miedo, avanza Celine” le pareció escuchar y al fin dio el primer paso y luego el segundo y el tercero, invadiendo al fin el terreno bajo el control del príncipe vampiro.

Pegada a ella siempre como un parásito, iba Merkall, asegurándose en todo momento que su hechizo permanecía activo dentro de Celine.

Zarek podría ser muy poderoso, pero él tenía agarrada su mayor debilidad.

Avanzaron por un pasillo oscuro y estrecho.

Los ojos de vampira de Celine funcionando al máximo para observar su entorno.

Había asesinado a su supuesto mate con sus propias manos y le había importado un pepino.

Cuando la orden de ese hechicero se vertió en su mente, simplemente no pudo rechazarla, como cuando le dijo a Dante que debía ir solo al castillo. Era como si ella gritara prisionera dentro de su propia cabeza, quería que su cuerpo le respondiera, sin embargo, parecía solo seguir los comandos de Merkall.

No importaba que se hubiese dado cuenta al fin de que estaba siendo manipulada, no podía liberarse.

Al menos desde que traspasó la niebla oscura no sintió más dolor en su mente atormentada, ni en su pecho, solo confusión y agotamiento.

Su loba ahora parecía estar dormitando tranquilamente en el mar de su consciencia, como si se estuviese recuperando.

Celine no entendía nada, como no lo había entendido desde el inicio.

Caminaba como un autómata por los oscuros pasillos, traspasando enormes salas llenas de polvo y olor a humedad, los muebles tapados con sábanas que antaño fueron blancas.

Parecía un ala abandonada del castillo y pronto llegaron a una enorme puerta de varios metros de alto, fabricada en ébano oscuro y tallada finamente con flores y enredaderas sobre la madera.

Se abrió lentamente y Celine tragó en seco, su corazón comenzó a enloquecer y ese olor tan reconfortante llenó sus pulmones.

Dio un paso adelante, pero una mano tosca la tomó del brazo.

— Escúchame muy bien, de cómo te comportes allá adentro, depende si vives o no, recuerda siempre que puedo hacerte explotar las venas en un segundo, así que ni siquiera intentes resistir —Merkall le avisó en un susurro— lo que te di, tenlo a mano por si tienes que utilizarlo.

Ya había percibido cambios dentro de la mente de Celine, su resistencia para liberarse.

Esa chica tenía un fuerte espíritu, pocos se daban incluso cuenta de que los controlaba; sin embargo, ella nada podría hacer, él tenía confianza en su mejor hechizo.

—Avanza —la empujó del brazo y entraron al fin al salón mágico donde estaba el corazón del castillo.

Pero no sería tan sencillo, él era como un tigre dormido que le gustaba jugar con su comida antes de engullirla.

Esas dos presas, a las que ahora se acercaba bajando las escaleras lentamente, serían destrozadas bajo sus dientes, aunque de diferentes maneras.

A ese maldito brujo le haría la mente y el cuerpo trizas, lo destruiría de una manera que rogaría por su muerte.

Y a esa otra presa hermosa que lo tentaba con su suculento olor, con su presencia, con cada milímetro de su delicioso cuerpo, era la que más disfrutaría devorar, se la comería bocado a bocado y centímetro a centímetro.

Celine de repente sintió que oleadas de calor invadían sus entrañas.

—¡Príncipe Zarek, te ordeno que me entregues el control del castillo! —Merkall sacó huevos de donde no sabía que los tenía y le gritó, apuntando al cuello de Celine con una daga.

A pesar de que su alma ya estaba temblando ante la presencia del ser ancestral y sabiendo muy bien que esto era solo una ilusión.

El verdadero cuerpo de Zarek aún debería estar encadenado en las mazmorras, ¿no?

—Bien, desde que tienes a mi mate como tu rehén, solo puedo hacer lo que deseas. ¡Gabrielle! —llamó implacable y por la puerta de entrada la última Reina Selenia comenzó a avanzar.

Con todas las partes reunidas, pronto el poder del príncipe vampiro Zarek cambiaría de dueño… o quizás… más bien de dueña.

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