NARRADORA
Le ordenó a Merkall que estiró su brazo y comenzó a leer las runas debajo de él, era un mago y su conocimiento tenía.
De repente, a medida que las palabras iban cayendo, las cadenas en el cuerpo de Zarek comenzaron a moverse como serpientes venenosas, arrastrándose por el espíritu de su cuerpo.
Las ataduras se liberaron de la mano de Gabrielle y comenzaron a brillar enredándose en la muñeca extendida de Merkall que se sentía el rey del universo.
Cada vena de su cuerpo palpitaba en éxtasis y la adrenalina corría impulsando sus anhelos y regocijo.
—Oh sí, maldición —casi tiene un orgasmo cerrando los ojos del placer cuando tomó el control de esa magia tan antigua y poderosa, cadenas forjadas por la misma Diosa para controlar a un ser tan peligroso e indomable.
Cuando Merkall abrió los ojos, respirando agitado y con luces aun titilando en sus pupilas, ya tenía a su nuevo sirviente parado delante de él.
—¡Muéstrame tu ejército, Zarek, enséñame por qué eras tan temido! —le ordenó con arrogancia.
Ahora era el amo y señor de todo aquí, lo podía sentir, cada clavo y tabla, cada puerta y ventana del castillo, todo lo comandaba él.
—Como ordene el amo —Zarek le respondió apenas ocultando la sonrisa burlona en la esquina de sus crueles labios.
Caminó hacia el amplio balcón seguido por Merkall.
Gabrielle vio la espalda de ese pobre brujo, no sabía que estaba planificando Zarek, pero no sería nada bonito de ver, ese hombre era un sádico sanguinario.
Miró hacia Celine, que aún aguardaba como embobecida.
¿Por qué parecía que seguía bajo el hechizo de Merkall?
Gabrielle solo se quedó en silencio protegiéndola, como le prometió a Quinn, no queriendo entorpecer los planes del príncipe, sabía que la persona más a salvo en este castillo era la propia Celine.
En lo que Merkall se frotaba las manos esperando ver la mayor manifestación del poder de Zarek, el ejército con el que arrasó toda la tierra y del cual se quería apoderar, algo sucedía en las entrañas del castillo.
Unos ojos rojos sanguinarios se abrieron en las tinieblas de la mazmorra y las cadenas sobre su cuerpo comenzaron a brillar intensamente, una explosión de energía iluminó la profunda celda.
Los colmillos asesinos de Zarek resaltaban en la oscuridad, estiró sus manos y se frotó el cuello perezosamente.
El sonido estridente de cadenas cayendo al suelo se escuchó llenando el espacio.
El hechizo de esa maldit4 Diosa ya no existía, porque él lo había desestimado.
Su pacto con ella fue para proteger a las Selenias, no tenía obligación de prestarle su poder a nadie más.
Incluso las Selenias tenían que pedirle ayuda con amabilidad, no eran sus dueñas, mucho menos se iba a doblegar a ese mago de pacotilla que acababa de firmar su contrato de muerte.
Kael solo pudo tomar posesión de parte del castillo y el trono porque Zarek estaba dormido, porque no le importaba realmente nada en este mundo, ni los arreglos de Gabrielle.
Pero ahora, todo era diferente.
Sin embargo, Zarek no tenía apuro, se sentó con tranquilidad contra la pared mientras su proyección espiritual jugaba con ese idiota aprendiz de magia.
Zarek quería que lo viniesen a rescatar.
—¡Mis queridos hermanos de armas, como ya escucharon, hay un nuevo amo en el castillo, así que creo que es hora de mostrarle nuestro respeto y darle la bienvenida como se merece! —Zarek les dijo y la sonrisa maquiavélica en su apuesto rostro ya era difícil de ocultar.
—¡Que traigan nuestra nueva adquisición! —rugió y Merkall tuvo un muy mal presentimiento.
Miró hacia atrás a Celine y le dio órdenes en secreto.
—Mire señor, nuestro nuevo recluta está deseoso de mostrarle su ofrenda.
—No sé qué estés tramando, pero te vas a arrepentir, si… ¡LAILA!
Merkall se inclinó peligrosamente en el borde del balcón, mirando la cara aterrorizada de su hija, que avanzaba a trompicones mientras las filas de no muertos se abrían.
No podía hablar porque llevaba la boca cosida, las lágrimas caían sin cesar de sus ojos rojos e hinchados, toda su piel sucia, el cabello andrajoso y sus brazos eran sostenidos detrás de su espalda, con rudeza, por nada menos que Dante, el antiguo jefe vampiro de la rebelión.
—Pensé que como te gustaba jugar tanto con las marionetas, disfrutarías de este espectáculo, ¿lo empiezo a ejecutar para ti? —Zarek le habló a su lado con malicia, su expresión cruel hacía enardecer de ira y miedo a Merkall.
—¡Devuélveme a mi hija, engendro, voy a destruirte, quiero que te quemes junto con este maldito castillo, que ardas hasta los cimientos…! —Merkall comenzó a convocar su magia, a mover las cadenas del contrato para dominar a Zarek.
El príncipe, aburrido, simplemente movió la mano y las cadenas plateadas cayeron al suelo y comenzaron a corroerse y desintegrarse.
—¡No, no, yo firmé el contrato, yo soy el amo, por muy poderoso que seas no puedes contra el poder de la Diosa…! —gritaba, dando pasos atrás, entrando en pánico por completo, invocando su propia magia que rebotaba en el cuerpo de Zarek sin hacerle nada.
De un momento a otro lo tuvo ahorcando su cuello y alzándolo en el aire con una mano.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...