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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 323

ELLIOT

Sus labios enrojecidos dejaron de succionarme.

Observé, dando un suspiro, como regresaba el color a su rostro, levanté mi muñeca y lamí la herida con restos de su saliva.

Mi corazón, al fin cayendo en su sitio, y esa entidad dentro de mí, más calmada ahora que Rossella vivía.

¿Por qué es tan importante para él si antes sé que la odiaba?

Parte de mi desprecio visceral hacia ella venía de sus propios sentimientos crudos.

Ahora que el peligro urgente había pasado, escaneé con detenimiento mi entorno.

Me había puesto de espaldas al bosque y de frente al acantilado para tapar la vista de cualquier espía.

Siempre estuve alerta a algún ataque furtivo, no parecía quedar nadie en los alrededores.

Sin embargo, antes de incorporarme para ver cómo salía de esta escabrosa situación, con las amenazas aún acechando, el sonido estrepitante de galopes desbocados y ruedas, de algo siendo arrastrado, llegó a mis sentidos.

Mi propio caballo, dejado a un lado, se encabritó, alzándose sobre sus dos patas traseras y relinchando nervioso.

—¡Tom, quieto, quieto! —le rugí.

Con Rossella desmayada entre mis brazos era difícil controlarlo.

Me acerqué con cautela, parecía fuera de control.

A pesar de mis comandos, de un momento a otro relinchó fuerte y se fue galopando, internándose en la arboleda lateral.

Lo domé desde potro, nunca me había desobedecido. Algo muy peligroso se acercaba.

Quise correr por donde mismo él escapó, pero ya era muy tarde.

Saliendo de la bruma del bosque, venía una estampida de los caballos de mi ducado.

Parecía que los hombres que dejé luchando, al darme cuenta del secuestro de la Duquesa, fueron eliminados.

Algo asustaba a los animales: fuego.

Las llamas se arrastraban detrás de dos de ellos, incendiando lo que quedaba de nuestro carruaje destrozado.

Aún unido por las varas a los arneses de los caballos horrorizados que ahora venían hacia nosotros, empujándonos hacia el precipicio.

Corrí con Rossella en mis brazos, mis botas desprendiendo las piedrecillas del borde.

No había salida. Solo era un paso atrás a la nada.

Miré hacia abajo: la niebla blanca de humedad no dejaba ver bien el fondo con tanta oscuridad.

Sabía que pasaba un río, pero ¿qué tan profundo era?

La altura de este acantilado parecía mortal.

Los cascos golpeaban cerca, los relinchos desesperados, el estruendo de madera, el crujir del fuego y el calor abrasador de las llamas me hizo mirar de nuevo al frente.

Mis pupilas se estrecharon ante los restos ardientes de madera que volaban sobre nosotros.

No había otra opción.

Morir aplastados, quizá quemados, o saltar… y quizás morir ahogados.

Agarré con fuerza a mi esposa y recé para no haberla salvado solo por unos instantes.

Salté al vacío, y detrás de mí, restos de mi carruaje como llamaradas iluminando la noche.

El viento silbaba en mis oídos, golpeaba mi rostro.

Ocultaba a Rossella contra mi pecho y preparé mis piernas esperando no quedar lisiado en la zambullida.

La frialdad me engulló de golpe.

El agua rugió en mis oídos.

Luchaba por protegerla mientras la corriente vigorosa me arrastraba.

Al menos no nos golpeamos con ninguna roca en la caída.

Iba corriente abajo, sujetar el peso muerto de Rossella e intentar patalear era toda una proeza.

Pero yo no era un elemental puro, mis músculos explotaron con el poder de mi raza, mis pulmones tomaban aire con fuerza cada vez que salía a flote.

Las brasas se extinguieron con el agua.

Casi nos caen encima unos tablones en llamas, pero el río era más rápido y me movía hacia adelante.

Bajábamos y subíamos, tragando agua, apretando los dientes cada vez que me golpeaba contra algún saliente.

322. SALTO AL VACÍO 1

322. SALTO AL VACÍO 2

322. SALTO AL VACÍO 3

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