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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 330

NARRADORA

Elliot corrió como un demente, sin rumbo, descalzo.

No sentía las duras piedras ni los arañazos en el torso desnudo provocados por las afiladas ramas a su paso.

Sudaba profusamente, su respiración era irregular.

Cayó de golpe sobre la tierna hierba en medio del intricado bosque.

Sentía toda su piel arder, como si la temperatura aumentara sin cesar.

Sus huesos crujían de manera extraña.

Arqueó su espalda en posición fetal, aguantando las sacudidas dolorosas de sus músculos.

Con las manos llenas de garras, se abrazó la cabeza, que palpitaba como si miles de clavos ardientes se hundieran en su cráneo.

Su corazón latía tan rápido que pensó que le daría un ataque y moriría en ese lugar.

Se apretó el pecho, clavándose las uñas en los fuertes pectorales.

Algo clamaba por salir desde su interior, por tomar el control, por comandar su voluntad, pero él se resistía.

Siempre se resistía.

La única vez que cedió fue aquella noche.

No sabía exactamente qué le había sucedido, pero fue algo muy parecido; perdió el control por completo.

Cuando recobró la consciencia, un hombre gritaba debajo de él, herido y lleno de sangre.

Era el padre de Rossella.

Él lo vio transformarse de bestia a hombre. Elliot debió silenciarlo en el acto.

Sin embargo, cometió uno de los peores errores de su vida al dejarlo ir, al mostrarle misericordia.

Incluso le pagó dinero por su silencio.

Ese desgraciado regresó, obviamente regresó, y lo chantajeó con pruebas de su transformación.

No sabía de dónde las había sacado, pero estaba claro que era algo de hechicería.

Un colgante con una piedra negra, que contenía el recuerdo, esa memoria en la que Elliot se vio por primera vez, medio oculto por las tinieblas de la noche, vagamente convertido en una enorme bestia de color oscuro.

Caminaba en dos poderosas patas, con enormes colmillos sanguinolentos y garras, ojos rojos asesinos, rugiendo en medio de aquel pantano desolado, como un ser salido de las peores pesadillas.

Elliot no quería ni imaginar lo que hubiese pasado si hubiese salido así a la ciudad, en vez de atravesar las tierras de ese hombre infame.

Casarse con una mujer que aborrecía y aceptar a su bebé como hija propia, era una tontería, comparado con lo que le pasaría si otros lo descubrían.

La muerte, solo la muerte le esperaba.

No sabía controlar a esa bestia.

No entendía la conexión con su lobo interior, así que lo reprimía, como ahora.

Apretando los dientes, clavándose los caninos en el labio, sangrando, temblando, abrazándose en el suelo, resistiéndose con todas sus fuerzas al cambio, aunque eso lo destrozara.

"Soy normal, soy un elemental, mi madre es elemental. No puedo ser ese monstruo. Soy el Duque… soy normal", se repetía una y otra vez, una y otra vez, durante un tiempo indefinido.

Finalmente, logró controlar toda esa adrenalina y ese deseo, ese llamado primitivo que se había activado con la excitación de estar al lado de Rossella.

Elliot cerró los ojos con fuerza.

Subió las manos y le mostró que no había peligro, pero Elliot sentía otra presencia y observó a la espalda del hombre.

—Ah, vengo con un amigo. Tomas, sal de una vez. No hay peligro. Es el hombre que se queda en mi casa —miró hacia atrás, y otro jornalero más pequeño apareció, mirando a Elliot con cautela.

—¿Qué hace a estas horas en el bosque? —lo cuestionó.

—Lo mismo podría preguntar yo, ¿no cree? —el Duque respondió con seriedad.

No estaba acostumbrado a ser interrogado.

—Bien, calmémonos todos. Tomas, cada uno tiene sus asuntos. El Sr. Elliot…

—Llámeme solo Elliot —lo rectificó.

—Bien, Elliot salió a pasear. ¿No ves cómo va? Seguro dio una carrera por el bosque, ¿no es así? —Aldo le preguntó alzando una ceja, volviendo a hacer insinuaciones.

Una vez más, Elliot le dio una respuesta tibia.

Bueno, si no se quería juntar con otros de su raza, él no lo podía obligar.

Sin embargo, algo en este hombre le hacía inspirar respeto.

En la jerarquía de su raza, Elliot se sentía superior, y Aldo era un Alfa.

Aldo sospechaba que estaba frente a un lycan.

—Regresaré entonces a la casa…

—Puede venir con nosotros si lo desea. Vamos a investigar algunas cosas de las cosechas —por alguna razón, Aldo, que siempre era precavido, habló sin pensar mucho.

—¡Aldo, no! ¡Te dije que esto era muy serio! ¿Para qué lo invitas?

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