NARRADORA
—No soy ningún espía. Puedo ir y ser de ayuda —Elliot enseguida se interesó.
Necesitaba saber exactamente qué pasaba aquí.
A pesar de las protestas del tal Tomas, terminó siguiéndolos por el bosque.
Avanzaban rápido, corriendo ágilmente.
Elliot nunca se quedó atrás. Esta velocidad y resistencia no podían ser mantenidas por un elemental normal.
Ninguno de ellos era normal.
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Se escondieron en cuclillas detrás de grandes rocas, en las alturas de un risco.
Abajo, quedaba un profundo cañón y justo pasaba el ancho río que hacía de límite fronterizo en esta zona de los dos Ducados.
"Elliot, ¿puedes escucharnos?" Aldo intentó de nuevo hablarle en su mente, pero nada; Elliot ni se dio por enterado.
Aldo frunció el ceño.
Este tipo se hacía el desentendido o de verdad no conocía bien sus poderes como ser sobrenatural.
Como sea, los sonidos de cascos de caballos, el arrastre de ruedas y el chapoteo de agua los hicieron prestar atención a lo que sucedía unos metros más allá.
—Abajo —susurró Tomas cuando los jinetes que llegaron a la orilla subieron las antorchas para vigilar el perímetro.
A través de las grietas y rendijas entre las rocas que los resguardaban, observaron las embarcaciones que fueron arribando y encallando en la orilla.
Estaban llenas de pesadas cajas y guardias del otro Ducado.
—Te lo dije, había escuchado bien. Se le escapó a ese bocazas de Peter. Míralo ahí, cargando cajas —Elliot escuchaba la conversación.
Su ceño se fruncía más y más al espiar el contrabando en sus propias fronteras.
—Esas son las mismas cajas que llenamos con los sacos de grano —dijo Aldo entre dientes al presenciar cómo bajaban de unos carruajes grandes cajas que luego eran subidas a las embarcaciones.
A su vez, desde las embarcaciones descendían otras cajas más pequeñas.
—¿Qué traerán hacia acá? —preguntó Elliot.
—Llámame loco, pero juraría que son los bichos que causan las plagas en las cosechas del Duque —respondió Aldo.
Todo eso se veía muy bien planificado, paso a paso para llevarlo directo a la ruina, su misma gente a punto de amotinarse en su contra por la falta de comida.
Elliot tenía que buscar la manera de desmantelar por completo a todos los implicados.
—¿Crees que hay alguna manera de investigar más? —le preguntó de repente a Aldo.
Este se quedó mirándolo pensativo.
—Hace unos días un tipo se nos acercó a Tomas y a mí para proponernos un negocio de peones a cambio de más grano. Le dijimos que no, pero creo que era para esto: para servirles y cargar esas cajas. Si aceptamos, entonces…
—Aldo, ¿estás loco? Eso es demasiado peligroso. No voy a aceptar nada, y menos para husmear. ¿Qué haríamos al final con esa información? Al Duque le importa una mierd4…
Aldo solo lo miró levantando una ceja, tan exagerado como siempre.
A su lado, Elliot ni se había despeinado en la carrera.
—Vete a tu casa, Tomas. Ya es muy tarde. Que nadie te vea merodeando —Aldo lo palmeó en el hombro.
Al final, el jornalero se fue. Miró a Elliot un poco mejor, pero aún no muy convencido.
Aldo y Elliot caminaron hasta la vieja puertecita de entrada al huerto de la casita, abriéndola para entrar a la seguridad del hogar.
—Lo que te dije de infiltrarte, sé que es peligroso. Tampoco tienes por qué confiar en mí, pero… —Elliot lo detuvo frente a la puerta de entrada y le habló en voz baja, pero muy seria.
—Creo que ya sabes que somos nobles, de verdad sufrimos un ataque. Tengo conexiones cercanas con el Duque, y te puedo asegurar que él no sabe de esta situación. Debe haber traidores cerca de él.
Le dijo con toda la seguridad que le daba ser el propio Duque, aunque no se atrevía a delatarse.
—Regresaré pronto a mi casa. Me pondré en contacto con el Duque de Everhart. Sería bueno saber qué pasa en realidad y capturar a todos los culpables de una. Aldo, la situación en el pueblo mejorará.
El jornalero fortachón lo miró, buscando la falsedad en sus palabras.
Miles de incertidumbres en su mente, otras tantas interrogantes.
Pero algo en los ojos profundos de Elliot le dio confianza.
El poder oculto bajo esa capa de piel, el instinto de su lobo, le dictó que valía la pena el riesgo.
—Bien, lo aceptaré. Arriesgaré mi vida por tu promesa. Si me fallas, que sepas que dejarás a una viuda y dos pequeños sin sustento, y la Diosa no te dejará morir en paz —respondió, llevándose la mano al pecho, como el antiguo juramento de guerrero lobo que su padre le enseñó.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...