Entrar Via

El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 346

KATHERINE

El carruaje avanzaba por las calles bulliciosas.

No podía dejar de mirar a través del tul de la cortina hacia las personas que pasaban, el vaivén animado de las ferias nocturnas.

Se respiraban aires de festividades; era la primera vez que venía a estas tierras, fuera del Ducado de Everhart y propiedad de otros nobles.

De repente, nos detuvimos un momento, quizás porque había algo obstruyendo el avance del carruaje.

Mi atención cayó sobre una pareja de amantes que estaban frente a un puesto de baratijas.

El hombre se veía que era un trabajador del campo, curtido por el sol, pero con una expresión de tonto enamorado al observar a la pequeña mujer a su lado.

Tomó unos colgantes para probárselos a ella.

La mujer lucía avergonzada, y luego él le dijo algo al oído, acercándose a ella, que la hizo sonreír y enrojecer como un tomate.

Suspiré con melancolía.

Siempre fui una romántica empedernida, tanto así que, por unas palabras y gestos bonitos, me acosté con el jardinero de la casa y salí embarazada desde jovencita.

Perdí a mi hija, su padre posiblemente asesinado, luego tratada como un animal durante años en ese loquero, y ahora tengo que usar artificios para engañar y acostarme con un hombre que me confunde con mi hermana gemela.

Qué vida más colorida la mía.

—¿Estás triste por perder tu colgante? —de repente, un susurro cayó cerca sobre mi oído; la suave respiración del Duque cosquilleó en mi oreja.

—¿Por mi colgante? —levanté la cabeza y giré un poco hacia un lado, enfrentando sus hermosos ojos azules—. No, ni siquiera me acordaba de eso.

Supuse que hablaba de aquel viejo colgante de ópalo que le di.

—¿Entonces por qué te pusiste triste al mirarlos? ¿Eres muy infeliz a mi lado? —me preguntó, tomándome por sorpresa.

No sabía que me estaba observando.

Su ceño ligeramente fruncido, sus labios sensuales tan cerca, su pecho calentando la piel de mi hombro.

—Yo… no, ¿por qué sería infeliz al lado de su excelencia? —no pude evitar esquivar sus ojos.

En realidad, no es que fuese infeliz, pero llevaba tantas mentiras y secretos a cuestas.

La primera de todas es que yo no era la mujer que él creía.

—Duquesa… —sus dedos agarraron mi barbilla.

Elliot me giró de nuevo el rostro, el suyo tan cerca que creí que me besaría en cualquier instante.

Se inclinó mucho más sobre mi cuerpo, pegándome a la esquina del carruaje.

Mi corazón palpitaba tembloroso; me estaba poniendo un poco nerviosa.

—Sé que nuestro comienzo no fue muy bueno. Tenemos muchas cosas que… hablar —hizo una pausa sin dejar de mirarme intensamente.

— Pero, Rosse… Duquesa, estoy dispuesto a enterrar el hacha. De verdad, es agotador mantener así un matrimonio, ¿no crees?

Me sorprendieron gratamente sus palabras.

Incluso me quedé en silencio por un instante evaluando si me estaba probando, qué sé yo… mintiéndome por algo…

—Duque, estoy de acuerdo… yo pienso… —la sacudida del coche me dejó con la palabra en la boca.

¿Para qué Elliot me había invitado? ¿De verdad deseaba reconciliarse con Rossella?

Se subió al carruaje sin hablar.

Su ira resultaba casi palpable, así que, a pesar de mis preguntas interiores, me mantuve en silencio, solo esperando a ver qué me traería la noche.

El carruaje avanzó; comenzó el traqueteo de las ruedas sobre las lajas de piedra.

Al cabo de unos 15 minutos, volvimos a detenernos.

—Hemos llegado —me anunció, y enseguida fue a abrir la puerta, pero luego dudó por un segundo con la mano en la manija.

—. Duquesa, hay muchas personas malintencionadas en esta fiesta. La alta alcurnia es un sitio lleno de víboras y corrientes subterráneas —me advirtió, girándose hacia mí.

—Lo que sea que te digan o insinúen, por favor, pregúntame primero directamente, cualquier duda, y yo te diré la verdad —me aseguró en voz baja.

Sus ojos, cargados de miles de pensamientos, nunca abandonaron los míos.

—. Te traje a esta celebración para mostrarte a todos como mi Duquesa, no tengo otra intención. Lo que sea que quede del pasado, lo terminaré hoy.

Me dijo con seriedad.

Sin poder pensar mucho y antes de esperar una respuesta de mi parte, descendió con brío del carruaje y extendió su mano para que yo tomara la suya.

Tragué el nudo en mi garganta.

Ahora que estaba aquí, me sentía algo nerviosa.

Extendí mi mano enguantada en encaje negro y sostuve con fuerza la suya masculina.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación