KATHERINE
Algunos murmullos se escucharon de repente cerca de mí.
Sentí el brazo de Elliot un poco rígido.
Intenté no sacar conclusiones precipitadas, pero a medida que esa hermosa voz se acercaba, la mujer cantaba una balada llena de pasión, como si fuese a un amante prohibido, y casualmente sus ojos grises buscaron entre la multitud hasta quedarse fijos en un hombre.
Intensamente, sin mucho disimulo, esa cantante llamativa, la tal Zafiro, parecía estarle dedicando su letra de amor a Elliot.
—… oye, Brenda sí que es atrevida. Mira que ni respeta que la mujer del hombre está presente…
—… pft, para el caso, eso es un secreto dicho a voces, ni sé por qué el Duque la trajo…
—… para humillarla, es obvio…
Algunas palabras furtivas me llegaban desde mi espalda.
Subí el mentón y observé de reojo a Elliot midiendo su actitud.
Él bebía de su vaso, no miraba hacia la tal Brenda, que ahora estaba muy segura. Ella era su amante.
Él me trajo hasta esta fiesta donde estaba su amante, que además, ahora se acercaba cantando entre la multitud, con su palabrería romántica, directo a dedicársela en mi misma cara.
En realidad, me sentí tan ridícula.
Nunca había estado en una situación así. Era obvio que estábamos siendo el centro de atención.
Pensé en miles de actitudes a tomar.
La verdad, lo único que deseaba era separarme de Elliot y marcharme.
Pero no, aguantaría con clase, porque no le daría a esa zorra descarada el gusto de verme rendida y bajo la suela de su zapato.
Yo era la esposa aquí, sin felicidad, sin amor o lo que sea, pero el título era mío, y ninguna amante me lo vendría a discutir.
Pasé media vida de sufrimiento y enterré a mi hermana para obtener este lugar, ¡no se lo cedería a ella!
La miré con frialdad y no me separé de Elliot. Esperé a que se acercara.
La gente se separaba mientras tarareaban la canción y se movían a un lado, dándole espacio para seguirse moviendo en su show, “sin un rumbo fijo”
Elliot tampoco dijo nada, se comportaba natural, incluso charlaba en voz baja con un hombre al otro lado.
No era bueno interpretar una escenita, pero de verdad esperaba que no me hiciera ninguna bajeza delante de todos.
Los ojos grises maquillados con ahumados se intercambiaron con los míos.
Sus labios rojos brillantes se movían y su garganta vibraba con los tonos agudos de voz.
Cantaba demasiado bien la muy perra, para colmo de los males.
— «… te amo más allá de la distancia, de la gente que nos juzga sin conocer nuestros profundos sentimientos…»
¡Maldit4 desgraciada, y que no se atraganta con su propio veneno!
Nos giramos para ver a Zafiro con dos mujeres más, me miraban con desprecio de arriba a abajo.
— Es cierto, Duquesa, denos por favor su fórmula a todas para vernos tan… deslumbrante - me dijo la amante de mi marido, aparentaba distinción, cuando eran obvios los puñales en cada palabra.
— Mi fórmula es un poco secreta, pero tratándose de la famosa Zafiro le puedo dar una pista. Cuando te cases y seas la esposa oficial, invita a tu marido todos los días a pasar la noche en tu alcoba - le respondí sugerente, cargada de sarcasmo.
— Además, no te costará nada de trabajo, veo que se da de maravilla eso de seducir al sexo contrario.
Su cara de arpía se arrugó por mucho que intentó disimularlo, con la ira brotándole por los poros.
— ¿Es así? - alzó una ceja.
— Y yo que pensé que los rumores eran ciertos, las personas son tan malignas, mira que asegurar que el Duque jamás ha pisado su cuarto en más de diez años - me respondió la muy atrevida, llevándose incluso la mano a la boca como avergonzada.
Estaba que me llevaban los espectros, rechinando los dientes, harta de ese intercambio estúpido de alta alcurnia.
Abrí la boca para darle una de mis respuestas bien plebeyas, cuando una de sus amiguitas llamó la atención sobre algo que no había notado hasta ahora, un detalle que me pondría por completo en ridículo.
— Oh, qué casualidad, la Duquesa y la Srta. Brenda llevan el mismo colgante de zafiro - dijo señalándome y en voz bastante alta que atrajo miradas.
Mis ojos fueron hacia su cuello y ella haló la fina cadena de oro sacando de su escote la enorme piedra azul con rebordes en dorados.
Era exactamente igual a esta que llevaba de Rossella y me había puesto de su joyero solo porque combinaba con el color del vestido.
De hecho, no, no eran exactamente iguales, la suya se veía más luminosa, más… genuina y la mía, ahora solo parecía lo que realmente era, una joya completamente falsa y de imitación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...