ELLIOT
Seguí el rastro de Katherine; comenzaba a asustarme al ver que se internaba en el bosque.
Pensé en miles de conspiraciones: ¿la habrían capturado? No sé, llevándosela a la fuerza.
Sin embargo, no había otros aromas, pero aun así no me fiaba.
Ya estaba tan ansioso que imaginé miles de escenarios, menos el que realmente me encontré.
Escudado por la oscuridad, llegué a los límites de la celebración de los plebeyos.
La música animada llenaba el aire, nada que ver con las melodías sofisticadas que se escuchaban en el salón.
Las voces y las risas inundaban la noche, pero entre todas escuché una que era demasiado dulce para mis oídos.
Su aroma, esa lavanda llena de felicidad, me inundó.
La busqué en la ronda de personas que bailaban, y entonces la vi.
Se movía agarrándose la falda, subiéndosela a un límite indecente, saltaba de un lado a otro siguiendo a las demás mujeres.
Sus ojos brillaban a la luz de las antorchas.
Me quedé por un segundo hipnotizado, embriagado en la belleza de esa mujer.
Nunca la había visto tan libre, tan ella.
Su cabello suelto revoloteaba, reía sin parar; era hermosa, seductora, y no era el único hombre que lo estaba notando.
Mi excitación por encontrarla, por descubrirla, se transformó en celos profundos al ver la mirada lujuriosa de varios hombres en ella.
Y como Katherine pasaba de una mano a otra durante las ruedas de baile.
Ellos apretaban su cintura, miraban con avidez hacia su escote, hacia las curvas sugerentes que se marcaban.
La ira recorría mis venas.
Así que se escapó de mi lado para venir a mostrarse delante de otros.
Me quité la túnica a tirones y la escondí entre la alta hierba.
Ella también intentaba pasar por plebeya.
Metí los gemelos y anillos costosos en los bolsillos del pantalón.
Saqué mi camisa blanca por fuera y me revolví el cabello.
No lo pensé mucho antes de avanzar y salir a la luz.
Un hombre pasaba con pintas de cervezas sobre una tabla, tomé una y la llevé a mis labios antes de bajarla de golpe, intentando controlarme.
Mi sangre bombeaba y la bebida quemaba mi garganta.
Con un golpe sordo dejé la pinta sobre una mesa y me mezclé con los plebeyos.
Aprendí enseguida la mecánica del baile; a veces, cuando más joven, me escapaba para deambular entre mi gente de incógnito.
Con un salto me metí a la fuerza entre dos hombres y comencé a moverme imitándolos: a la derecha, a la izquierda, un paso adelante, otro detrás…
Hacía el ridículo, todo descoordinado, pero no me importaba.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...