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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 354

ELLIOT

—¡NO VOY A SOLTAR A NADIE! ¡TE BUSCAS A OTRA MALDIT4 PAREJA! —le rugí al idiota a mi lado que ya estaba codiciando a mi hembra.

Se estaba rifando esa pérdida de dientes que le propinaría a cualquiera de ellos.

—¡Auch! —gemí, tomado por sorpresa al sentir el aguijón en el pie.

Katherine me había bajado a fondo el alto tacón del botín, aprovechando mi descuido para empujarme y escapar de mis brazos.

—¡Ka… joder… Rossella! —casi se me escapa su verdadero nombre; no quería que supiera la verdad así.

Se metió entre las mujeres. Iba a perseguirla como un acosador, pero alguien me sostuvo del brazo.

Me giré, dispuesto a estamparle el puño en la cara a cualquiera, el cabreo subiendo a niveles salvajes, pero me frenó por completo la presencia de una señora mayor.

—Joven, venga, venga, cálmese —me arrastró hasta una mesa donde me hizo sentarme a pesar de mis negativas.

¿Pero qué iba a hacer? ¿Empujarla? Obviamente no podía.

No dejaba de mirar entre las personas, buscándola como un demente.

Sabía que seguía en la feria; su olor me llegaba.

—Esa no es la manera de conquistar a una novia —comenzó a sermonearme—. Toma, baja esos humos que vas a hacer combustión en cualquier momento.

Me pasó una pinta de cerveza bien fría. La espuma burbujeaba en la superficie, y me la tragué como agua.

La pequeña anciana se sentó en el taburete del otro lado de la mesa.

—Es mi esposa —confesé con amargura—. Metí la pata y ahora no sé cómo arreglarlo.

Estaba tan desesperado que le dije eso a una completa desconocida, mirando sus ojos miel sabios y su rostro surcado en arrugas.

—Entiendo, entiendo. Se nota que la amas, pero con fuerza bruta no lograrás nada… o… bueno, quizás sí… —cambió de parecer pensando—. ¡Eso es! Tengo una idea para que recuperes a tu mujer. ¡Ven, ven!

Se levantó; apenas y me llegaba al pecho, pero tenía una fuerza en la mano como una tenaza.

Se notaba que había trabajado en las tierras casi toda su vida.

No comprendía qué tramaba, pero un tiempo después me vi participando en “La Lucha del Corral”.

Tal y como lo indicaba el nombre: un corral chapoteado de fango, con un cercado a su alrededor, donde aldeanos apostaban y gritaban animados.

No estaba muy convencido de que esto sirviera para apaciguar a mi Duquesa.

—¡Chicos, ya saben! El último que quede en pie puede hacerle una petición a su doncella favorita. ¡Mujeres, no pueden negarse a un mancebo que haya luchado a muerte por ustedes!

Gritó un pelirrojo que casi no se sostenía en pie de la borrachera, en medio del enorme corral. Esperaba que no fuese el padre de la gordita.

Una de las puertas se abrió y algunos hombres jóvenes comenzaron a entrar.

Gritó el mismo borrachín sentado en la cerca, bebiendo y balanceándose a punto de caerse de regreso al corral.

En ese momento escuché el chillido de los animales y los sonidos estridentes de una cerca abriéndose.

Los hombres a mi alrededor miraron en una dirección, cuadrando los hombros y bajando las rodillas.

Mi mirada fue igual a ese lado, quedándome estupefacto con la estampida de cerdos que entraba por la puertecilla y venían como porcinos endemoniados hacia nosotros, correteando por todo el barro.

Entendí enseguida cuando el primer hombre se abalanzó sobre el lomo de uno de ellos, intentando agarrarlo, resbalando y cayendo de cara, casi besándole una nalga al puerco.

Se armó el pandemónium en un dos por tres: los rugidos y exclamaciones, las risas.

Como 10 puercos y más de 20 hombres revolcados en el corral.

Subí la mirada, y a la distancia ella me estaba mirando, intensamente, haciéndose la altiva, cuando sabía muy bien lo que estaba disfrutando de mis apuros.

De repente subió la mano, la llevó a su boca y me arrojó un beso, mezcla de coquetería y burla.

Suficiente para subirme a tope la motivación y la adrenalina.

Vi pasar frente a mis ojos a uno moteadito y me lancé a agarrarlo de la pata trasera antes de que escapase.

No importaba qué, yo me iba hoy con un cochino a cuestas. Por mi hembra, lo que sea.

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