KATHERINE
Corrimos primero hasta donde Elliot había dejado parte de su ropa, necesitaba cambiarse.
—Maldit0s mosquitos —comenzó a rascarse por todos lados, su piel brillante del sudor y el agua que se escurría de su cabello.
Pero ahora también estaba lleno de arañazos de las ramas y picaduras de bichos.
Se agachó a ponerse el pantalón, así, dándome la espalda sin ningún pudor, con esas duras nalgas apuntándome.
No pude evitarlo, toda esta loca situación parecía haberme zafado un tornillo.
Me acerqué y, antes de que pudiese pensar en lo que hacía, le di una buena palmada en el culo e incluso tuve el descaro de manosearlo un poco.
Luego me quedé congelada, retirando la mano de forma antinatural.
O sea, ¿qué tanta confianza tenía con Elliot para comportarme así?
—Tenías, tenías un mosquito, solo quise ayudarte —le dije esquivando su mirada interrogante al girarse, con el pantalón aún por las rodillas y dándole jalones hacia arriba.
—Ajá, un mosquito, claro —me dijo, y el tono burlón era evidente.
Miré hacia otro lado, llevando las manos hacia atrás que hormigueaban aún de resbalosas.
Es que hoy he pasado de la ira, a la risa, a la combustión y de regreso a la normalidad.
¿Quién diría que una fiesta de alta alcurnia daría para tanto?
—Nena, sé que soy irresistible, pero esperemos a llegar a la alcoba y te dejo manosearme todo lo que quieras —un susurro pícaro sopló en mi oído, haciéndome estremecer.
—Sueña, Duque engreído. ¡Jum! —respondí sacando dignidad, elevando la barbilla y comenzando a caminar en dirección a donde había dejado mis cosas, que no era muy lejos.
Escuché su risa baja a mi espalda y sentí el peso de su túnica colocada sobre mis hombros.
La cerré en mi frente que se transparentaba un poco.
Su aroma delicioso se desprendía de la tela y me hacía suspirar, recordaba aún con regocijo, la cara de esa zorra quita maridos.
—Aquí están, solo déjame agarrarlas un momento —le dije inclinándome sobre el tocón hueco del árbol.
Recogí el bulto sin muchos miramientos, hechos un amasijo de prendas, y de repente algo se me escapó de un bolsillo y cayó sobre la hierba.
Enseguida recordé qué era.
—Yo lo recojo, no te preocupes… —hice por agacharme, pero Elliot fue más rápido y recogió el falso collar en su mano.
Al verlo, una punzada de enojo apareció en mi corazón, pero era una tonta al molestarme por una burrada de Rossella.
¿Cómo se le ocurre mandarse a confeccionar la copia, y además falsa, de un colgante que Elliot le regaló a su amante?
Simplemente, no tenía amor propio.
—Yo no le compré ese collar a Brenda —habló mirándome con seriedad, aun con el colgante apretado en su mano.
—. Un día salimos, recuerdo que vio una muestra en una joyería y le gustó, me pidió el dinero para mandarlo a confeccionar y se lo di, pero no fue un regalo especial ni nada de eso.
—Sin embargo, el joyero dijo que estaba a nombre del Duque de Everhart —las palabras celosas salieron de mi boca.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...