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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 368

NARRADORA

Álvaro corrió por el bosque, en zigzag, usando los altos árboles como obstáculos.

Escuchaba el sonido de los relinchos, de las hojas siendo aplastadas bajo el peso de los animales que lo perseguían como un zorro escapando por la maleza.

El río no estaba muy lejos; quizás tenía la oportunidad de lanzarse en las profundidades y nadar, a pesar del peligro.

Ya lo olía y casi lo veía.

El chasquido en el aire lo hizo tensarse.

Al salir a un sitio más despejado, los caballos tuvieron ventajas sobre las dos piernas de un elemental.

—¡Aaaggrr! —gruñó cuando algo se enredó en sus botas y le dio un jalón bestial hacia atrás.

Su cuerpo cayó hacia delante, impactando en la tierra y la hierba.

Intentó protegerse la cara de los golpes y de la fricción del arrastre.

El empuje y la fuerza del caballo lo dominaron.

No importaba cuánto luchó o forcejeó por liberarse del látigo que enredaba sus botas; el jinete lo mantenía prisionero.

—¡Aprésenlo y, si se resiste, denle su merecido a ese maldit0 traidor, pero lo dejan consciente! ¡Necesito que pueda hablar! —la voz del hombre ordenó.

Álvaro se pudo girar boca arriba.

Lo vio en lo alto del caballo moteado, lo miraba como a una cucaracha.

No sabía quién era, ni la relación que tenía con esa mujer.

Lucho como un tigre acorralado contra los tres tipos que vinieron a controlarlo.

Golpeó y fue golpeado.

Las patadas en sus costillas y estómago lo dejaron sin aliento.

Eran muchos para uno solo y pronto se encontró por completo en desventaja.

De rodillas en el suelo, sujeto, con los brazos hacia atrás, goteando sangre desde su rostro caído, unas botas se interpusieron en el filo de su visión media borrosa.

Sus ojos hinchados por la paliza.

La punta áspera del mango de un látigo se le clavó en la garganta y lo obligó a subir la cabeza.

—Me vas a decir ahora mismo qué está planificando el Duque de Everhart y qué haces aquí, con cuántos más… viniste… ¡Maldit4 sea! ¡Regresen y vigilen mejor el cargamento!

De repente, el hombre se dio cuenta de que toda su atención se había concentrado en este fugitivo y que solo los había alejado de sus compinches.

—Eres un idiota —Álvaro escupió sangre a sus botas con odio.

—¿Te crees el héroe, no? — el rubio volvió a fijar la vista en él con frialdad y malicia —. ¡Ya verás lo que les pasa a los estúpidos que se inmolan!

Chasqueó el látigo, cruzándolo sobre el rostro de Álvaro, que dio un gemido de dolor al aparecer la marca sanguinolenta, apretando los dientes, lleno de odio.

—¡Llévenselo a la carpa y encadénenlo! — ordenó, y el hombre fue llevado a rastras.

Álvaro al menos esperaba que este sacrificio no fuese en vano.

*****

“¡Sigue corriendo, maldit4 sea!”

“¡Aldo, escucho caballos más adelante, parece que interceptaron la barcaza!”

Cayó revolcado en la tierra, soltando la pesada caja de golpe, que se astilló por una esquina, desarmándose y dejando salir parte de su contenido.

Cuando Aldo y Tomas regresaron sobre sus pasos a socorrerlo, se quedaron asombrados de lo que vieron salir desde el agujero que se le había hecho a la madera.

Era como una bruma oscura que se movía voraz.

Parecían insectos negros o algo así, no estaban seguros, pero sí algo era muy evidente: resultaban mortales para todo lo que contuviera vida.

—¡Quítalos, aahh, malditos bichos, quítamelos de encima! ¡Arde! —Gordon comenzó a retorcerse sobre la hierba, que empezaba a marchitarse y morir a simple vista.

Esos insectos raros avanzaban de prisa.

Algunos cayeron sobre sus piernas y comenzaron a quemar y corroer la piel, alimentándose para sobrevivir.

Aldo y Tomas lo arrastraron entre los dos, sacándolo del enjambre.

—¿Qué rayos es esta maldición? —Aldo se quitó la camisa y comenzó a pasarla por las piernas en carne viva del soldado.

Habían mordisqueado la tela del pantalón, abriéndose paso a su piel y creando horribles pústulas y llagas sanguinolentas.

—Esto parece magia oscura, no sé. Es demasiado raro y peligroso. Mira, Aldo —Tomas le señaló el sitio donde habían caído.

Ya la hierba y todo a su paso se estaba marchitando.

Lo bueno era que parecían morir muy rápido al estar fuera de la caja, pero la destrucción que causaban en un pestañeo era terrible.

Las flechas comenzaron a silbar muy cerca de su posición, apremiándolos a continuar.

—¡¡Están allí!! —los gritos se escucharon entre los árboles, a unos metros de ellos, el ladrido de los canes sobre las presas.

Las cosas no pintaban nada bien para ellos.

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