NARRADORA
Aldo cargó como un saco de patatas a Gordon sobre su espalda y Tomas la otra caja.
Ahora más que nunca debían investigar qué eran exactamente esa hechicería peligrosa.
Corrieron sin cesar, comunicándose todo el tiempo en sus mentes.
No importaba qué, los iban a capturar si seguían así.
—¡Déjenme atrás, joder, déjenme, váyanse ustedes, los van a tomar prisioneros también! ¡Avisen al Ducado!
—¡Cállate, maldición! —Tomas le gritó a Gordon.
Bajó la caja y la colocó en la orilla del río.
Esta zona era muy profunda y las corrientes poderosas podían arrastrar la caja y al herido, pero no se atrevían a arrojarse aquí para nadar a pecho limpio.
—Súbete encima, ¡de prisa! Intenta llegar al otro lado y buscar ayuda, ¡ve! —Aldo lo bajó de su espalda. El hombre apenas podía sostenerse en pie, pero perseveró.
—No, no, vámonos todos, ¡espera!… —Gordon protestó al ver sus intenciones.
Aldo y Tomas no podían seguir perdiendo tiempo en explicaciones.
—Nosotros podemos cuidarnos, la caja no aguantaría tanto peso. Dile al apoyo que aguardaremos en las Montañas de Alcas, ¡ya vete, carajo!
Lo empujaron hacia la corriente, Gordon acostado sobre la caja, aferrándose a los bordes como si su vida dependiera de eso y literal, dependía de su resistencia.
Su situación tampoco era muy segura; las aguas de este río eran demasiado traicioneras y mortales.
No les quedaba de otra que rezar porque llegara con la evidencia que tanto les había costado conseguir.
—¡Buscaré ayuda! —gritó, perdiéndose rápidamente en la oscuridad, arrastrado por el empuje del embravecido río.
“¡Aldo, escucho a los perros!”
“¡Despistémoslos, vamos, corre de regreso al bosque!”
Con los talones casi siendo pisados, los dos hombres se ampararon en las tinieblas del bosque denso para cambiar.
Las dos piernas fueron sustituidas por cuatro patas peludas que corrieron veloces, pasando por animales salvajes, ocultándose mejor en la naturaleza.
Sin embargo, no podían engañar para siempre la nariz perspicaz de los sabuesos que guiaban la partida de caballos.
El enorme lobo rojo y blanco Alfa dirigía la escapada. Detrás, otro carmelita más pequeño.
Pensaban internarse en el paso de las montañas nevadas.
Era peligroso, una ruta no muy segura, llena de animales depredadores, pero no se internarían mucho, solo lo suficiente para esconderse hasta que se cansaran de buscarlos.
“¡NO, NO, NO!” Aldo rugió enojado, las patas de su lobo adormecidas de tanto correr a toda velocidad.
“¡Aldo, el paso está cerrado, parece que hubo una avalancha en estos días!”
Sus pupilas de lobo se estrechaban al ver el estrecho cañón obstruido por una masa blanca de nieve y piedras.
Habían apostado todo por esta ruta: era avanzar o retroceder.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...