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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 372

NARRADORA

Katherine miraba preocupada el paisaje que pasaba con prisas.

No durmió más, luego de que Elliot se marchara. Se pasó ese tiempo pensando en su encuentro anterior.

El Duque la había descubierto por completo. Debió imaginarlo, si como actriz se moriría de hambre.

Era demasiado temperamental y se dejaba llevar por sus emociones.

Su mayor ventaja fue que las personas realmente no se fijaban mucho en Rossella, siempre estaba recluida en el castillo, el Duque no la presentó a la alta sociedad.

Aun así, Elliot sí la desenmascaró. Sin embargo, él era igual de raro que ella.

—Un hombre lobo… —murmuró llevándose la mano a la boca, con el ceño fruncido.

Las evidencias estaban ahí: esos gruñidos salvajes, el cambio que había visto muchas veces en sus pupilas, los vagos recuerdos de cuando fue apuñalada, que incluían el sabor a su poderosa sangre.

¿Sería por eso que se curó tan deprisa?

También su manera de bestia sexy al hacerle el amor y esa cosota que se quedó atascada en su vagina después de la eyaculación. ¿Qué era eso?

Kath no tenía idea. Elliot y ella hablarían después, claro que sí.

Algo en ese hombre llamaba a su alma, quizás porque eran seres especiales los dos.

—Elliot, ni se te ocurra morirte y dejarme como una viuda amargada. No ahora, que apenas le he dado una probadita a tu delicioso chorizo… Ay por todos los cielos, ¡qué tonterías dices, Katherine! —murmuró para ella misma, contrariada.

Estaba nerviosa, y eso la llevaba a aflorar su loquita interior.

“Elliot, ahora más en serio, mi Duque, regresa a salvo a mi lado, por favor”.

Elevó sus plegarias al cielo, mirando a través de las cortinas, con miedo en su corazón, sin imaginar que sería ella quien estaría jugándose la vida.

*****

EN EL BOSQUE, CERCA DEL ESCONDITE DE ALDO Y TOMAS…

—Leonidas, ven, ven a ver esto —uno de los guerreros llamó a otro que se acercó enseguida.

Habían pasado horas buscando; ya era de mañana, exhaustos y llenos de resabios por seguir órdenes estúpidas.

Era obvio que esos espías volaron hace rato de estos lares.

—¿Qué es? —levantó la evidencia de entre la alta hierba, con la ayuda de la rama de un árbol.

—Parecen restos de ropas —el tal Leonidas miró la tela desgarrada, su ceño fruncido, pensando en posibilidades algo locas.

—¿Qué harían estas ropas de hombres aquí? Y son de dos personas —la examinaron más de cerca.

—Mira, estoy casi seguro de que esta camisa la llevaba ese tipo, el tal Aldo; me fijé en ella porque me gustó el corte —ambos se quedaron en silencio.

Se armaron hasta los dientes; si eran hombres lobo como sospechaban, no podían jugar con sus vidas.

Esas bestias se describían en los libros como criaturas sin corazón, salvajes y sanguinarias, aunque nunca había visto a ninguna.

Dentro de la gruta Aldo y Tomas se estaban impacientando un poco.

Llevaban tiempo esperando y esperando, y esos tipos no se marchaban.

“Aldo, escucho pasos y voces, se acercan de nuevo”.

“Tranquilo, tal vez ya dan el último repaso, aguantemos” Aldo siempre tranquilizando los nervios de Tomas.

Estaba echado en el suelo húmedo, sobre la tierra oscura y medio podrida, con hambre, las paredes casi encima de ellos en este sitio claustrofóbico.

Aldo comenzó a preocuparse en su corazón.

Olía a fuego de las antorchas, ¿por qué si ya era de día? Lo cual no los ayudaba mucho a camuflar tampoco su escondite.

—¡Suelten a los perros! —de repente escuchó una exclamación afuera.

El sonido de nuevo de los canes, que no se acercaban lo suficiente.

Aldo expandió su aura amenazante de lobo Alfa; sin embargo, ladraban a una distancia prudente y algo le decía que apuntaban hacia la gruta.

“¡Aldo, nos descubrieron, maldición, nos descubrieron!”.

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