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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 375

KATHERINE

—… ¡Es inocente! ¡Tiene que creerme, necesito ver al Duque, se lo suplico! ¡El carruaje ducal! ¡¡¡Eminencia, por favor, escúcheme!!!

—¡Alto, mujer loca! ¡No te atrevas a acercarte a su señoría!

La algarabía llegó hasta mis oídos: los llantos y gritos enardecidos de una mujer.

Abrí la puerta y me asomé.

La vi a unos metros de mí, una muchacha joven, siendo reprimida por dos guardias, maniatada contra el suelo polvoriento.

—¡Deténganse! —les grité, agarrando mi vestido y bajando la escalerilla casi de un salto.

Avancé con ira. No importaban las circunstancias; no deberían tratar así a una mujer.

—¡Su señoría, ella es la hija del traidor mayordomo! —me dijo uno de los guardias que la intentaba sostener.

—¡Mi padre es inocente, excelencia, se lo suplico! ¡Solo unos minutos de su tiempo pueden salvar a un hombre inocente! —forcejeó, liberándose de las manos de los guardias.

De rodillas, se agarró a los bajos de mi vestido. Me partía el alma ver la desesperación en sus ojos.

—Solo el Duque puede determinar eso, lo lamento. Yo no…

—¡Usted puede hablar con el Duque! Mi padre sabe quién fue. Él lo sabe; se lo dirá al Duque o a usted. Mire, mire, me dio esta carta, ¡él me la dio en prisión…!

Se rebuscó como loca entre los bolsillos de la falda, sacando una hoja manchada de sangre y arrugada.

La subió con la mano en un puro temblor, suplicándome que la leyera, llorando a viva voz.

—¡¿Cómo te atreves a darle ese papel asqueroso a su señoría?! —de repente se escuchó una exclamación a mi espalda y el relincho de un caballo.

Todos nos giramos para ver descender a un hombre de cabello claro que venía impetuoso, dándole una mirada de odio total a la chica.

Ella se arrinconó más hacia mi vestido. El miedo era evidente en sus facciones.

—¡Dame acá eso!

—¡Espera un momento! —me interpuse frente a su mano, que se estiraba para arrebatarle la nota—. ¿Quién eres para venir a tomar decisiones a mi nombre?

Lo enfrenté con la mirada congelada. No sabía por qué, pero este recién llegado no me daba nada de buena espina.

—Soy uno de los jefes de la guardia fronteriza del Ducado de Everhart, excelencia. Lamento presentarme en estas condiciones —se inclinó con aparente respeto.

—. Venía de paso a ver a mi madre y me encuentro con que está siendo atacada, ¡y justo frente a ustedes, ineptos!

Le rugió a los soldados de la puerta, que bajaron las cabezas. Parecía tener un rango mayor.

—¿Quién es tu madre?

—Ah, me presento formalmente. Soy Francis Lemar Prescott, hijo del ama de llaves, la Sra. Prescott —me dice, y entiendo también de dónde viene su seguridad.

—Ya veo. Entonces, gracias por la ayuda, pero no es necesaria…

—Duquesa, no se preocupe, yo me hago cargo…

—No he dicho que lo salvaré; solo voy a escuchar lo que tenga que decir. ¡Súbanla al lado del cochero! —me giré y caminé de regreso al carruaje.

La prisión estaba algo alejada del centro de la ciudad.

—Pero, señoría, ese lugar es impactante. Digo, para una mujer de su alcurnia… —el soldado que me ayudaba a subir me advirtió.

—Una Duquesa no se puede esconder siempre en su castillo, ¿no cree? —fue mi respuesta ante su rostro estupefacto.

Sin esperar más palabras, me interné en el transporte que, en cuestión de minutos, se alejó de la entrada para incorporarse al tráfico de las calles empedradas.

Extrañaba a mi hija, pero mis instintos me llevaban a seguir esta pista.

Algo muy maligno se movía justo bajo nuestras narices.

*****

NARRADORA

La Sra. Prescott estaba dándole instrucciones al jardinero en el frente cuando escuchó el galopar de un jinete.

Giró la cabeza y entornó los ojos, tratando de distinguir al visitante que se acercaba desde el resplandor del sol.

Al instante en que reconoció la figura sobre el caballo, el corazón le dio un vuelco.

Francis.

Que su hijo apareciera de repente no podía significar nada bueno.

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