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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 376

NARRADORA

—¡Francis! — el ama de llaves exclamó, dejando a medio hablar al jardinero.

El joven desmontó de un salto, con el rostro desencajado y el cabello desordenado por el viento.

—Ven conmigo —le dijo, casi en un susurro, mientras lo tomaba del brazo y lo arrastraba hacia el interior del castillo.

Una vez en su habitación del primer piso, cerró la puerta de golpe y pasó el pestillo.

—Habla, Francis. ¿Qué ha pasado?

Su hijo comenzó a caminar en círculos, su mano deslizándose repetidamente por el cabello, con nerviosismo palpable.

—El Duque sabe que le roban en las fronteras sur. Descubrió la fuga de mercancías y… y… creo que también sabe lo de las plagas. No sé cuánto detalle tiene, pero algo descubrió.

—¿Cómo se enteró? ¡Sé más concreto! —le espetó ella, sujetándolo de los hombros para detener su frenética marcha.

—¡No lo sé bien, joder! —Francis le apartó las manos con un manotazo—. Todo pasó tan rápido.

—¡Habla bajo! —le recriminó, acercándose más—. Francis, concéntrate. ¡Detalles!

—Íbamos con mi hermana… Arthur quiso hacer una inspección sorpresa. Ya sabes cómo cuida su puesto de general. Y entonces… Alexia vio al idiota de Álvaro.

La Sra. Prescott palideció.

—¿Qué? —murmuró, llevándose las manos a la boca—. Ese… ese infeliz…

—Ajá, ese mismo. Se estaba haciendo pasar por uno de los jornaleros. Sabes lo leal que es al Duque; en cuanto lo reconoció, lo mandaron a apresar. Pero… pero otros escaparon.

—¡No puede ser! —La mujer se apartó, sus ojos erráticos recorriendo la habitación como si buscaran una salida.

—¡El Duque no ha regresado! —exclamó, su tono más frenético que nunca.

Francis respiró hondo, luchando por calmarse.

—Vi el carruaje, madre. Hay algo más: esa idiota de la Duquesa regresaba sola. ¿Desde cuándo le salieron agallas? — gruñó, lleno de odio.

La Sra. Prescott lo fulminó con la mirada.

—¿Qué hiciste para provocarla? Ahora más que nunca debemos mantener un perfil bajo.

—¡Nada! Sólo… sólo estaba a punto de hacerle caso a la hija del remilgado de Wallace. Creo que fue a la prisión. Él había mandado una nota, pero no la pude recuperar.

El rostro de la Sra. Prescott se transformó en pánico absoluto.

—¡Francis, eso es lo primero que deberías haber dicho! —le gritó, llevándose las manos a la cabeza—. ¿Y si el mayordomo ató todos los cabos? ¡Esto nos arruina!

Francis intentó calmarla, pero las palabras se le atoraban en la garganta.

—Madre, cálmate. Esa mujer no tiene credibilidad. Nadie la va a escuchar…

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