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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 377

NARRADORA

Desde que Freya entró en la habitación del ama de llaves, se arrepintió un poco, pero ya estaba allí.

—Siéntese, siéntese aquí —la Sra. Prescott la invitó cortésmente a tomar asiento en el sillón pegado a la chimenea, pero casualmente de espaldas al baño.

—Dígame, ¿en qué puedo ayudarla? —se quedó de pie frente a la anciana, apretando una mano contra la otra para disimular sus temblores.

—Bueno, usted entregó el libro de contabilidad y la Duquesa me indicó que lo revisara…

—¿Usted? ¿Pero si es una nana, qué iba a saber de contabilidad? Digo… —el ama de llaves se dio cuenta de su grosería.

Ahora que la veía con el libraco en las viejas manos, recordó otro pequeño detalle importante que también la incriminaba.

—Sí, soy nana, pero también fui administradora de un hogar por décadas, no tan grande como este castillo, pero hay cosas básicas muy obvias —el tono de Freya fue adquiriendo dureza.

Esta era la razón por la que debió esperar a Katherine, pero es que estaba insultada de cómo esta ladrona le estaba queriendo hacer pasar gato por liebre así, en su cara.

—Por ejemplo, mire estos números, si el año pasado cambió toda la cubertería, ¿por qué este año hizo el mismo gasto? —Freya se levantó señalando los datos en el enorme cuaderno que apenas le cabía en las manos.

—Se hicieron muchas celebraciones, se dañó el material…

—Sin embargo, aquí, en el resumen de eventos, solo salen dos fiestas discretas que dio el Duque con algunos embajadores —buscó las notas del fondo.

Siguió sacando y sacando huecos, desvíos, meteduras de manitos por aquí y por allá.

Era obvio que la Sra. Prescott no tenía justificación para la mayoría de las cosas.

—¿Qué hizo con el aguinaldo de las doncellas? Indagué y no repartió ni la mitad que se refleja aquí…

—¡Ay, ya! —gritó la Sra. Prescott perdiendo toda la compostura —. ¡Qué tengo que estarle rindiendo yo cuentas a una vieja nana muerta de hambre!

Exclamó con enojo evidente.

Ni siquiera el mayordomo la controlaba tanto, atareado con los encargos políticos del Ducado, le dejó con confianza los asuntos domésticos.

La Sra. Prescott creyó que todos los pequeños hurtos quedarían sepultados bajo la inexperiencia administrativa de la Duquesa.

—¡Usted quería culpar a su Señoría por sus robos! —Freya la desenmascaró por completo.

Agarraba el libro pesado con ira; esta señora era una serpiente más que venenosa.

—¡¿Y qué si quería inculpar a la idiota de tu ama?! ¿Qué harás al respecto, vieja metida?

—¡Le diré a la Duquesa, verás si no te echan por ladrona!

— ¡Ni pienses que te voy a dejar! —el ama de llaves se abalanzó sobre ella en un segundo.

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