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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 378

NARRADORA

EN EL CAMPAMENTO DEL DUQUE THESIO…

—¿Han podido sacarle algo a ese espía? —Thesio le preguntó al mensajero que regresaba a caballo.

Estaba apostado en un campamento improvisado, algo lejos del campamento principal que controlaba su general.

—No, señor, ni siquiera bajo tortura ha dicho nada útil —le informó.

Thesio frunció el ceño, sentado sobre el tronco caído de un árbol.

Hubiese querido intimidar a ese hombre él mismo, pero no le convenía estar en ese sitio tan comprometedor.

Conocía a Elliot; ese hombre se agarraría de lo que fuese para incriminarlo y, ahora con esa caja de seguro en su poder, Thesio se temía lo peor.

En un caso extremo podría buscarse un chivo expiatorio, decir que Arthur fue el cerebro pensante, que actuó a su espalda, por eso no le convenía dar el frente.

—Regresa y dile a Arthur que lo elimine, que desmantele todas las evidencias, que recoja el campamento sin dejar nada atrás —tomó su decisión al instante.

Ya basta de jugar al gato y al ratón.

Era evidente que lo habían pillado haciendo trampa.

Ahora, a ver cómo se libraba de las consecuencias.

Vio marcharse a su hombre, caminó hacia el caballo con su escolta pequeña de tres guerreros.

Thesio estaba molesto; de nuevo, ese maldito de Elliot se la había jugado y no pudo arruinarlo como pretendía.

Pero esto no se acababa aquí.

Buscaría de nuevo la ayuda de ese “aliado”. Tendría que ayudarlo o lo delataría al Regente.

*****

—Bien, tú lo has querido —Arthur miró al hombre medio moribundo que sostenían bajo el árbol donde se colgaba una cuerda de horca.

Creía que suplicaría, que hablaría ante la eminente muerte; sin embargo, cuando dio la espalda, escuchó una risa distorsionada y baja.

—¿¡Es tan gracioso morir, idiota?! —se giró exasperado para verlo subido a la fuerza sobre el tocón de madera, la cuerda a punto de ser puesta sobre su cuello.

Álvaro alzó la cabeza que a penas y podía sostener.

—Sí… es muy gracioso saber… que fui el primero en comerme el coño… que ahora tanto cuidas… —Álvaro tenía una sonrisa torcida en los labios despellejados.

Tosiendo sangre, todo le dolía; su visión borrosa, solo veía sombras a través de la pequeña rendija de un ojo.

—¿Acaso te dijo… que era virgen…?

—¡CÁLLATE! —Arthur rugió encolerizado.

No era idiota, había visto muy bien el intercambio de miradas entre ambos.

El capataz le informó que Alexia había entrado a verlo en la carpa.

Ella le dijo que solo era un conocido; él no le creyó para nada, pero prefirió engañarse.

—¡Ahórquenlo de una maldit4 vez! ¡AHORA, PONLE LA SOGA AHORA! —sus gritos enojados resonaron en el campamento.

Enseguida, la soga fue colocada en el cuello del prisionero, sus manos atadas al frente.

No importaba cuánto luchó; este parecía ser su final.

No muy lejos, escondida detrás de los caballos, Alexia se secaba los ojos húmedos con manos temblorosas.

Álvaro mismo se lo había buscado; ella no podía hacer nada por él.

Apartó la cabeza a un lado cuando el tocón fue pateado y el cuerpo de su primer amor cayó colgando, pataleando con sonidos de asfixia y espasmos involuntarios.

—Y agradece que no tengo tiempo de cortarte los cojones y hacértelos comer, hijo de puta —miró hacia el cuerpo oscilando; cada segundo le quitaba el oxígeno a Álvaro.

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