NARRADORA
—¡Aggrr, suel… tame… maldi…to! —Arthur luchaba como un tigre acorralado.
Su torso se contorsionaba intentando girarse para quitarse de encima a la alimaña que le había saltado sobre la espalda.
Las manos de Álvaro temblaban más y más a medida que apretaba la soga entre sus muñecas.
Las venas se veían abultadas, haciendo relieves sobre la piel, y las heridas escurrían con rastros de sangre.
Apretó los dientes, viendo solo oscuro, a punto de perder la consciencia, pero las ganas de vengarse mantenían su ira funcionando.
Sin embargo, no fue suficiente.
Aflojó solo un segundo, solo uno, y su cuerpo entero giró cayendo de lado sobre la dura tierra.
Se golpeó la cabeza, gimiendo de dolor, la garganta desollada.
A lo lejos, los rugidos de la lucha; cerca, la tos ahogada de su enemigo.
Álvaro intentó incorporarse, pero esta vez su cuerpo no le respondió. El golpe de adrenalina ya estaba pasando.
—¡Maldito desgraciado, ahora verás si no acabo contigo! —sintió el alarido y el peso sobre su cintura.
Álvaro no podía luchar ni aunque quisiera.
En su interior se gritaba: “¡Reacciona, muévete, defiéndete!” Pero su organismo estaba agotado más allá de los milagros.
Un fuerte puñetazo se agregó a todos los golpes que ya tenía.
Arthur, cansado de jugar, sacó una navaja del interior de su bota y la abrió para exponer la afilada hoja.
—Te vas a arrepentir del día que tocaste lo que era mío —le dijo entre dientes al hombre con ojos desenfocados debajo de él.
Incluso tuvo la osadía de inclinarse sobre su rostro
—. Me la voy a follar todas las noches mientras tú te pudres con los gusanos.
Arthur se rio siniestramente; nada como acabar con un rival.
Levantó su brazo y bajó la mano sujetando la navaja, rápido y certero.
A solo unos centímetros del cuello lleno de marcas púrpuras, se detuvo, con los dedos temblando sobre la empuñadura.
Algo caliente salpicó el rostro de Álvaro. Pudo enfocar solo un poco para ver la cara de puro terror de Arthur.
Un río carmesí bajaba manchando todas sus facciones.
En su frente, llegando a su cerebro, estaba encajada un hacha de mango corto.
Las pupilas erráticas apagándose mientras el brillo del odio se desvanecía.
El cuerpo del general cayó pesadamente sobre Álvaro, que dejó escapar un gemido ahogado.
El aire se llenó del olor metálico, asfixiante, pero de un momento a otro, unas manos firmes apartaron el cadáver y lo arrojaron a un lado.
—¡Álvaro! —La voz grave de Tomás rompió la tensión, zarandeándolo con fuerza.
Su rostro estaba tenso, manchado de tierra y sudor
—. ¡No te me mueras aquí, maldit4 sea!"
—Auch... vas a terminar... asesi... nándome —gruñó ante las sacudidas del brusco jornalero.
— Creí que las palmabas esta vez. ¡Te salvaste solo porque tengo buena puntería con el hacha! —Álvaro lo escuchó quejarse por encima de su cabeza.
Le dio una sonrisa más fea que llorar. Ya no pudo ni agradecerle a Tomás; se desmayó por completo.
El hombre lobo miró al soldado tan gravemente herido en sus manos. Mejor llevarlo a un sitio seguro lejos de este caos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...