NARRADORA
Alzó la cabeza y rugió a los cielos, un sonido gutural salido del fondo de su garganta que espantó a los pájaros, escapando en bandadas por el depredador absoluto que estaba por aparecer.
Alexia lo vio todo, un líquido turbio amarillo bajó por entre sus piernas; el olor a acre, a miedo, a muerte, se respiraba en el aire.
Aun así, vio la última oportunidad de escapar, mientras Elliot lidiaba con todas esas nuevas sensaciones raras, que ya no reprimía y estaba dejando fluir como una presa por completo abierta.
Se levantó con el orine escurriendo por sus muslos y comenzó a correr a trompicones, alejándose más y más de la bestia.
Elliot cayó al suelo, apoyado en sus manos y rodillas; las uñas negras, incluso de los pies, se alargaban rompiendo las botas, duras, como cuchillas afiladas.
La mandíbula se remodelaba, a punto de expandirse en un fiero hocico; la piel ardía como si estuviese en carne viva y los folículos pilosos se dilataban para dar paso al pelaje.
Parecía inminente la transformación.
—¡NO! —el grito se escuchó junto con el impacto de un enorme cuerpo que chocó contra Elliot, haciéndolo rodar.
Rugió enardecido, listo para atacar.
—¡Aquí no, Duque, aquí no! —Aldo le gritaba, aguantando sus golpes a ciegas, por instinto, hasta que Elliot recuperó un poco de su cordura.
—Vamos, vamos a alejarnos, sigamos a esa mujer, más lejos, su señoría, ¡más lejos! —lo arrastró consigo a través de la arboleda.
Elliot iba dando tumbos, encorvado, su cuerpo forzado a parar la transformación; sentía que todos los huesos le traqueaban como sueltos dentro del armazón de músculos, tendones y piel.
Aldo tenía razón, estaban demasiado cerca del enfrentamiento.
Si alguien se daba cuenta de que aparecía un lycan, sería su perdición.
Los lycan eran más llamativos que los hombres lobo comunes, más descomunales y exagerados, más bestiales y, a la vez, avanzados.
—¡Está cerca, vamos lycan, pronto saldrás, resista Duque, resista un poco más! —Aldo lo llevaba casi a cuestas.
Era difícil; Elliot parecía pesar toneladas.
La intimidación salía de su cuerpo a raudales, casi acojonando al Alfa de Aldo, que era un lobo valiente.
—¡Sígame! —le pidió, soltándolo por un momento.
Aldo corrió con su velocidad explosiva y se abalanzó de nuevo sobre Alexia, que casi estaba a punto de abandonar el bosque.
En menos de unos minutos la tuvo de rodillas, atadas las piernas y las manos, llorando desconsolada.
—¡CÁLLATE! —Elliot le rugió, y fue como un mute para los labios resecos de la mujer.
—Mi familia… tengo que volver… Aldo, tengo que volver… —repetía entre dientes, respirando pesado —. ¡Tengo que irme ya!
Lo tomó de los hombros, de nuevo perdiendo la poca compostura que había logrado reunir.
—Lo entiendo, pero si va a caballo no llegará a tiempo. Hay otro camino muy peligroso —Aldo asintió, poniendo en marcha su perspicacia.
—. Un hombre no puede atravesarlo fácilmente, pero un lycan, Duque, un lycan sí puede.
Aldo lo miró fijamente; se había dado cuenta de un detalle muy importante.
El Duque renegaba de su parte animal, parecía reprimida, no sabía controlar la transformación.
El pelinegro se separó un paso; sus ojos erráticos lo detallaban, evidenciaban los pensamientos turbulentos.
En el fondo de su alma, Elliot tenía miedo de abrir por completo esa prisión, pero más temía perder a su ser querido, incluso a Lavinia.
—Lo haré, lo haré…

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...