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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 381

NARRADORA

Aldo nunca pensó que viviría para ver algo tan extraordinario.

La enorme pared de hielo y piedras, que le impidió la escapada a él y a Tomas, no era ningún obstáculo para un lycan.

Miró hacia arriba, viéndolo escalar a pura fuerza bruta.

Las garras de las patas se encajaban haciendo huecos en el hielo, y se impulsaba hacia arriba.

En su espalda, atado a él, llevaba un saco hecho con restos de ropas de los cadáveres dejados en la lucha anterior, llenas de sangre y suciedad.

Dentro, iba desmayada la valiosa hija del ama de llaves.

No pudo resistir el dolor agonizante de los “arreglos” que le hizo el jornalero, para asegurarse de que no los delatara.

Aldo lo vio saltar, ya en la cima, y arrojarse al vacío, varios metros mortales hasta el otro lado, perdiéndose de su visión.

Cuánto poder.

Ojalá pudiera salvar a su hembra, porque si ese poderoso ser perdía a su compañera de manera violenta, iba a sembrar caos en este reino.

*****

KATHERINE

—¡MÁS DEPRISA! —le grité al jinete que llevaba el caballo.

Yo detrás, agarrándome a su cintura, intentando no caerme en este vertiginoso viaje de regreso.

Mi mente en pánico después de escuchar la confesión del mayordomo.

Verdad o no, debía regresar al castillo de inmediato; mi hijita, mi Lavinia, corría peligro.

Sus palabras agotadas, su condición casi a las puertas de la muerte, me causaron un gran impacto:

«Confié en ella, le contaba muchas cosas cotidianas, no secretos de política, pero en los detalles estaba el peligro.

Por ejemplo, me quejé de usted, de que sabía acerca de los escondrijos en los silos, que insinuaba que los administradores del sur robaban.

Ella me hacía preguntas sutiles, me seguía en mis quejas y yo, como idiota, le confesaba todo lo que deseaba saber.

Así se enteró de la inspección de usted y el Duque. Entendió que usted era una amenaza para sus planes; tal vez por eso la atacaron.

El carruaje… debí imaginarlo. Supervisé todo menos el último día de entrega.

Me sentí mal de repente, con fiebre y mareos, y ella “gentilmente” me dijo que se haría cargo de buscar a alguien de confianza para recogerlo, de seguro su hijo.

Ese día fue cuando debieron mandar a instalar la trampilla, bajo “mis órdenes.”

Nunca verifiqué con el carpintero, confiaba en ella, caí por completo en su trampa.

Fui su chivo expiatorio perfecto.

La Sra. Prescott, el ama de llaves, es la verdadera traidora.»

—¡Apártense del camino, fuera, fuera! ¡Hia, Hia! —la escolta gritaba a los transeúntes en las calles, que se arrojaban a un lado para no ser atropellados.

—¡Ya estamos llegando, Duquesa, tranquila, ya estamos ahí! —intentaban aplacarme, pero yo solo escuchaba el repiqueteo de los cascos contra el pavimento, que sonaban igual que los latidos apresurados de mi corazón.

Subí la cabeza para ver el imponente castillo contra las montañas, cada vez más cerca, pero me parecía un mundo de distancia.

Una mala premonición se cernía en mi pecho; nubes oscuras rondaban en el cielo.

*****

NARRADORA

—. ¡No me digas que todos estos años y solo te quedan estas baratijas! ¿Cómo vamos a sobrevivir con esta mierd4?

—Tu hermana gastó mucho para verse bien y conquistar al general, ahora cuando se case…

—¡Ese hombre es un tacaño, ya te lo digo yo! ¡Pensé que habías acumulado más cosas valiosas!

—¡¿Qué querías, que fuese a robarle descaradamente las joyas a la Duquesa?! —el ama de llaves le gritó en un ataque de furia.

Pero ambos se quedaron en silencio, sus cerebros maquinando las mismas ideas.

—Ve bajando con la mocosa, voy a saquear el cuarto de esa idiota… —hizo por cargar a Lavinia para pasársela a su madre.

—No, no, Francis, tengo miedo, no sabemos cuándo vuelva y si la guardia vendrá con ella. Vamos, vámonos hijo.

Sus dedos fríos agarraban la camisa del hombre, pero Francis la empujó dentro del estrecho hueco y le puso a Lavinia desmayada, embutida sobre las piernas del ama de llaves.

—Regreso rápido, espérame en la salida al pantano. ¡Pero veee, no pierdas más tiempo, maldición! —la apremió y echó a correr al cuarto de la Duquesa para saquear el botín.

Mientras tanto, en el primer piso del castillo…

—¿Sra. Prescott? —Laura, una de las ayudantes cercanas de la Sra. Prescott, tocaba la puerta de su habitación.

Toc, toc, toc.

Había olvidado preguntarle por el menú del desayuno al irse apurada a despejar la servidumbre.

—¿Señora… Prescott? ¿Está usted aquí?

En uno de sus toques la puerta crujió y se entreabrió con un sonido que le puso los pelos de punta a la doncella.

¿Se enojaría el ama de llaves si pasaba adelante?

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