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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 382

NARRADORA

—¿Se… señora? — la doncella se atrevió a dar un paso adelante, empujando suavemente la madera

—. Lo lamento si duerme, es algo urgente, no sabemos si la Duque… ¡Aahhh!

Gritó llevándose las manos a la boca cuando vio tendida a la nana Freya sobre la alfombra, con un charco de sangre alrededor de su cabeza.

El instinto la hizo moverse hacia adelante en vez de quedarse congelada o escapar.

—¡Señora Freya! —se arrojó de rodillas al lado del cuerpo inerte.

Laura había sido voluntaria en el centro de tratamientos, sabía las cosas básicas.

Estiró los dedos temblorosos, sus labios también temblaban. ¡Todo en ella se movía incontrolablemente!

—Que esté viva, por todos los cielos, por favor, Sra. Freya —las yemas frías tocaron el pulso en el costado del cuello.

Luego de unos segundos, Laura cerró los ojos y unas lágrimas se escurrieron desde las esquinas.

—¡¿QUÉ LE HICISTE A FREYA?! —el rugido de la Duquesa la hizo reaccionar.

Laura abrió los ojos de golpe, para ver la expresión distorsionada de la mujer, llena de ira y asombro.

—¡Yo no hice nada, no hice nada, lo juro, soy inocente, la encontré así! ¡Ah! —gritó cuando fue empujada a un lado de manera agresiva por la Duquesa, que se arrojó sobre el cuerpo de la anciana para examinarla.

La mano de Laura cayó directo dentro de las brasas calientes de la chimenea, y eso la hizo sisear de dolor.

Aun así, entendía la gravedad de este asunto.

—¡Ahora mismo la encontré en este cuarto, está viva, aún está viva, su señoría! ¡Puedo darle los primeros auxilios! —probó acercarse de nuevo, intentando calmar a la Duquesa, que lloraba abrazada a su vieja nana.

—¡Si me mientes, te voy a quemar viva, juro que lo haré! ¡Sálvala, sálvala como si fuera tu propia madre! —Katherine le rugió desesperada, no le importaba ser injusta.

Ver así a Freya le había causado un gran impacto y, lo que era peor, no había encontrado a Lavinia en su cuarto.

Con el dolor en su alma, tuvo que dejar a la anciana en las manos de la doncella.

Salió como una loca a buscar por todos lados a su hija.

Se la habían llevado, esa desgraciada mujer y su hijo habían secuestrado a su pequeña.

—¡BÚSQUENLA HASTA DEBAJO DE LAS PIEDRAS DE ESTE MALDITO DUCADO! ¡NADIE DUERME NI RESPIRA SI MI HIJA NO HA APARECIDO! —gritó órdenes dominantes a la escolta que venía con ella, y pronto los soldados de guardia, en las cercanías, también serían llamados.

La servidumbre salió de golpe de sus ansiadas vacaciones.

Ahora revisaban de arriba a abajo el castillo, buscando en cada recoveco, pero es que la salida “secreta” no se llamaba así en vano.

Solo tres personas la conocían: Elliot, su mano derecha: el Sr. Wallace y, como no podía ser de otra manera, la amiguita de confianza del mayordomo, la Sra. Prescott.

*****

Katherine mandó también a llamar al médico personal del Duque, que enseguida fue convocado.

La vida de Freya pendía de un hilo; había perdido demasiada sangre.

La Duquesa, en medio de su desesperación, de repente recordó el librito de hechicería.

Alguien se acercaba a hurtadillas detrás de ella y estaba muy segura de que sería para atacarla.

El viento silbando y la respiración agitada del atacante la hizo reaccionar, arrojándose a un lado ante el peligro eminente.

¡CRACK!

Un objeto impactó contra la pared haciéndose añicos.

Los fragmentos de vidrio esparcidos en el aire, las gotas de agua salpicando y las flores cayendo como en una macabra escena primaveral, le mostraron claramente que alguien iba directo a estrellarle el jarrón de la mesita en la cabeza.

—¡TÚ! —revolcada sobre la alfombra, Katherine descubrió enseguida al hombre que la había emboscado—. ¡DETENTE!

Francis decidió correr al final. ¡No podía seguir perdiendo más tiempo con esta loca o estaría rodeado en unos segundos!

Pero solo dio algunos pasos cuando Katherine se le arrojó como una desquiciada a la espalda, saltando sobre él, aferrándose, arañándolo con saña, jalando sus cabellos con una ira ciega que la recorría.

—¡¿Dónde está mi hija, desgraciado?! ¿Dónde la tienen? ¡Devuélveme a mi hijita! - su voz se quebró un poco por la angustia - ¡Dámela y te puedes llevar todas las joyas, el oro! ¡DEVUÉLVEME A MI PEQUEÑA!

Le rugía entre lágrimas, sus pequeños puños lo golpeaban sin cesar en la cabeza, la espalda, intentando cegarle los ojos con las uñas.

Algo se desbordaba del interior de Katherine a punto de explotar.

Francis forcejeaba como un animal acorralado, moviéndose con tanta desesperación que parecía dispuesto a romperse él mismo con tal de librarse de la Duquesa enfurecida.

Gritó al sentir algo quemando la piel de su nuca, como la marca del hierro candente que se pegaba a los animales.

Con el tiempo en su contra y quedándose sin ideas, corrió hacia atrás con toda su fuerza, aplastando el cuerpo de Katherine contra la pared.

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