KATHERINE
Sudaba y sudaba; los dientes repiqueteaban dentro de mi boca de manera incontrolable, parecía que los segundos se convertían en horas.
Escuchaba el traqueteo de las poleas pasando por las ruedas, el rozar del metal contra las piedras y la madera estremeciéndose.
Solo fue un instante, y a mí me pareció un tiempo infinito.
Cuando llegué al final del destino, el montaplatos o lo que fuera esta caja instalada, se detuvo.
Me quedé tranquila, en silencio, solo oyendo mi propia respiración acelerada, jadeante y los sonidos del corazón golpeando contra mi pecho.
Abrí un poco los ojos y sentía húmedas las pestañas; estiré la mano para accionar la palanca.
Detrás de esas paredes metálicas quizás encontraría mi muerte; no lo sabía, pero ya no había vuelta atrás.
Con un chirrido comenzaron a abrirse de nuevo.
Me pegué más al fondo, luchando por liberarme de mis fantasmas, preparándome para dar guerra, pero nada de eso fue necesario.
Afuera estaba medio oscuro, se veía como un subterráneo; no sabía, el aire no corría mucho y el olor a humedad, a podredumbre y viejo, era asfixiante.
Tragando, movilicé mis músculos entumecidos por la tensión, estiré las piernas para sacarlas por el borde y bajarme con torpeza, aún un poco temblorosa.
Siempre alerta, mirando a todos lados, paredes de piedras oscuras me recibieron.
Era un espacio pequeño, como una bodega.
Mis botines hicieron eco en el silencio sepulcral, interrumpido apenas por las gotas que caían constantemente de alguna esquina mohosa.
Me llevé la mano a la nariz, apestaba como una tumba.
Era obvio que este sitio no había sido muy transitado, pero lo que más llamó mi atención fue la abertura en arco que llevaba a un oscuro pasillo.
Vacilé un poco, pero no había muchas opciones que digamos.
Me asusté de repente al sentir las puertas de metal cerrándose y escuchar el mecanismo activándose.
El montaplatos regresaba a la superficie, directo al guardarropa.
Me pregunto si en automático o porque alguien más vendría. Tenía que apresurarme.
Apretando los puños, decidí perseguir los instintos de mi magia; caminé con prisas hacia el túnel y me interné de nuevo en las más oscuras tinieblas.
Comencé caminando precavida, con miedo de caerme por un agujero; sentía pequeñas criaturas rastreras moviéndose en las paredes, el techo, el suelo.
Pasos más apresurados, veloces, casi corriendo… corriendo finalmente hasta la salida de este agujero claustrofóbico.
Mi Lavinia debería estar aterrada si la trajeron por aquí, mi pobre niña.
—Tú puedes, vamos, Kath, ya casi llegas —yo misma me daba ánimos.
Miré hacia abajo, al oscuro abismo, y la caída desde esta altura sería mortal; no me imaginaba cómo hicieron para transportar a Lavinia.
Volví a escalar y al fin llegué a la cima.
Algo obstruía la entrada, un poco de brisa se filtraba por los resquicios; era como un tablón de madera.
Me sostuve con una mano y estiré la otra, rezando porque no hubiesen bloqueado la salida con algún peso.
Empujé con todas mis fuerzas, era pesada, pero sí se movía.
Poco a poco comencé a rodarla a un lado, las gotas de sudor me corrían por la frente hacia la punta de la nariz, resoplaba por el esfuerzo, pero obtuve la recompensa.
Enseguida el aire abanicó mi rostro, haciéndome dar una bocanada y revivir; con más fuerzas empujé y empujé, creando un agujero por donde pude salir.
Impulsándome, subí los últimos escalones que me quedaban; mis manos se sostuvieron al reborde grueso de piedra y conseguí sacar mi torso.
Descubrí que sí se trataba de un pozo y que no parecía haber nadie esperándome.
Me dejé caer por el borde y rodé con un golpe seco por la hierba salvaje del bosque.
Gemí dolosamente ante el impacto, mis sentidos alertas en todo momento, no me olvidaba de que el enemigo estaría muy cerca.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...