KATHERINE
Me quedé por un segundo tendida sobre la tierra, recuperando la respiración, mirando a las copas lejanas de los árboles, metiendo oxígeno fresco a mis pulmones.
Tosí un poco en voz baja y me incorporé, sentada.
A mi lado el pozo de piedra por donde había salido.
A lo lejos, se pintaba vagamente la silueta del castillo contra el cielo atardeciendo, los últimos rayos naranja del sol.
Esta parecía ser alguna salida secreta de la morada del Duque.
Me levanté, sin más tiempo que perder; cada segundo contaba.
Limpié rápidamente la suciedad en las palmas de las manos, revisé ese sello rojo, concentrada; la señal no se había desvanecido y me llevaba a una dirección en esta intrincada arboleda.
Desgarré los faldones de mi vestido con rabia, desechando varias capas, necesitaba más agilidad, casi me habían hecho tropezar varias veces y pesaba.
Con los botines más libres, comencé mi carrera hacia el lugar donde se dibujaba la línea roja.
*****
Agazapada detrás de los arbustos, llevé la mano a mi pecho para recuperar el aliento.
Miraba a través de la niebla blanca que se levantaba y la oscuridad que ya estaba inundando este viejo bosque. Había una cabaña de madera.
Rústica y aislada, en medio de un claro despejado.
Mis ojos se achicaban intentando vislumbrar las siluetas que se movían detrás de los cristales sucios de las ventanas.
Apenas una luz en el interior me decía que había dos personas; deben ser ese hombre y su madre traidora.
¿Qué hago ahora? Ilumíname las entendederas, por favor.
Miré a mi alrededor buscando algún arma; encontré una rama gruesa que se había caído desde el ciprés.
Gateando, acuclillada, me moví a agarrarla.
No podía ver mucho y eso me preocupaba; esta zona era peligrosa, escuché que había pantanos.
Pensaba en salir y acercarme a hurtadillas cuando un revuelo me hizo prestar más atención hacia la cabaña.
Mi corazón casi se sale de mi pecho cuando vi que la puerta se abrió de golpe y una pequeña salió corriendo.
¡Era Lavinia!
Me levanté enseguida, pensando en correr hacia ella, llamarla, pero Lavinia se perdió por otro lado del bosque, sin darme tiempo a avisarle.
Era ágil y entre los gritos e improperios del interior de la cabaña, tampoco me escucharía.
—¡Eres una inútil, te dije que no la desataras!
—¡Corre, no puede ir muy lejos!
—¡¿Pero qué caraja…?! —dio un alarido, subiendo la mano, intentando girarse, y lo golpeé de nuevo con saña, gritando con rabia.
Lo vi caer desplomado al suelo.
—¡Corre, Lavinia, corre! — exclamé sacándola de su impacto.
Sus ojitos llorosos, que miraron a través del metro que nos separaba, me hicieron correr hacia ella y extender mi mano para sostener la suya.
—¡Mamita! —me gritó echándose a llorar.
Sabía que tenía mucho miedo, pero no era el momento de desmoronarse.
—¡Vamos, pequeña, corre, hija, corre!
Tiré de su bracito; sus piernas cortas comenzaron a seguir las mías, débiles pero constantes.
Me sentía por completo drenada de energía; parecía que estos pocos trucos de magia que hice hoy, me estaban pasando factura.
Sin embargo, mi deseo de salvarla pudo más.
A través de la niebla blanca que dificultaba la visión, de la noche susurrando siniestramente por todos lados, un poco perdida, solo buscaba el castillo con desesperación.
Intentaba recordar la ruta.
—¡Aaa! —Lavinia no pudo más; sus piernas cansadas tropezaron de nuevo y esta vez casi se cae de bruces.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...