KATHERINE
—¡Cariño, cuidado! —la sostuve entre mis brazos, frenando el impacto.
Jadeaba por la boca, por completo recostada a mí; podía sentir su corazoncito latiendo desbocado.
—Nena, solo un poco más, hija, ya estamos cerca. No podemos detenernos —miré nerviosa hacia el camino transitado; no veía con claridad, pero sabía que los monstruos estaban allá afuera.
Me agaché entonces frente a Lavinia, que no me podía ni hablar, recuperando el aliento.
—Ma… má, estoy muy cansa…da… mamá… tengo… miedo —me echó los brazos al cuello, llorando de nuevo.
Solo pude acariciar su cabecita y su espalda; me dolía el alma al ver las magulladuras en su rostro, esos cerdos hijos de puta no tuvieron compasión ni siquiera con una niña.
—Mi vida, ya sé que estás cansada, pero no puedo cargarte, cariño, pesas mucho. Nunca escaparíamos —limpié sus lágrimas con mis dedos, besé con suavidad su frente sucia.
Las dos éramos un desastre.
—Solo un poco más, mi amor, te prometo que ya llegamos —hice por levantarme, pero su rostro de cansancio, de repente, se convirtió en puro terror.
—¡Es ese hombre! —solo hizo falta gritar para hacerme mirar hacia atrás.
Apenas y me dio tiempo a empujarla para alejarla de mí.
—¡Corre lejos, Lavinia, busca el castillo, hija! ¡Yo te alcanzo, yo te alcanzo! —le ordené frenética, y aunque vaciló, con alivio, la vi dar la espalda y comenzar a escapar.
Yo pretendía hacer lo mismo, pero sabía muy en el fondo que no me daría tiempo.
Así que, cuando sentí la presencia a mi espalda, me lancé sobre unas rocas puntiagudas sueltas sobre el suelo.
—¡Aasshhh! —mascullé al caer de golpe.
Sentí el tirón en mis tobillos a punto de fracturarlos y el jalón brutal hacia atrás.
Mis uñas arañaron la tierra, mis manos se aferraron a una de esas piedras.
Antes de que se me subiera encima, me giré para ver su rostro rabioso, casi soltando espuma por la boca como el perro asqueroso que era.
Levanté la mano para noquearlo con la piedra, pero esta vez no se dejaría sorprender tan fácil.
—¡Maldit4 ramera! ¡¿Cómo te atreves a golpearme?!
—¡Aaah! —grité cuando la piedra fue arrebatada con rudeza de mi mano, que luchaba en el aire con la suya.
Se pegó por completo contra mi cuerpo; sus piernas sujetaban las mías, mis manos empujaban sus hombros, sus duros músculos en tensión.
Era un hombre fuerte y un soldado; yo solo una mujer agotada y sin más trucos bajo la manga.
—Ahora sí, fierecilla estás en mi poder. Nunca imaginé que fueras tan intensa. Debo admitir que todo esto me está excitando y mucho —me dijo acercando su rostro vicioso al mío.
Me incliné hacia adelante de golpe para morderlo, pero él se alejó dándome una risa burlona.
Me daba asco su aliento cayendo sobre mi piel, las intenciones lascivas que se veían asomar en el fondo de sus ojos.
—¡Francis… qué…! ¡¿qué rayos haces?! —con jadeos entrecortados, hizo su aparición la bruja de su madre.
La miré con odio, por el rabillo del ojo, apareció entre la bruma y se detuvo a tomar aire.
—¡¿Cómo diste con nosotros?! ¿Viniste con alguien más? —comenzó a avanzar hacia nuestra posición, interrogándome con el rostro desencajado de la ira.
—¡Ya deja de perder tiempo en preguntas estúpidas que ella no te va a contestar! ¡Vete por ese lado, la mocosa no debe andar lejos y el pantano le corta la retirada! ¡Captúrala, vamos, no pierdas tiempo! —él le ordenó ladrándole órdenes.
Seguirían buscando a Lavinia y la palabra pantano también me hizo entrar en pánico.
Si una niña se cae en esas aguas traicioneras, nunca más podrá salir.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...