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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 389

KATHERINE

Esta era la situación más bizarra y loca de toda mi existencia.

Sin embargo, me iba dando cuenta de que no parecía quererme hacer daño, o sea, ¿qué tanto debía lamerme y olfatearme para darme una mordidita?

Me atreví a abrir una rendija de mis ojos; solo veía pelaje oscuro frente a mi mirada.

El corazón me latía de prisa, y sentí el resoplido y la humedad de su nariz metida dentro … dentro de mi escote.

Estaba sin palabras, ¿acaso me libré de un pervertido para encontrarme con otro?

Una idea algo absurda atravesaba mi cerebro aturdido: debía salir de esta situación, buscar a Lavinia; si me iba a comer, que lo hiciera de una vez.

Mi mano temblorosa fue subiendo centímetro a centímetro; me sentía tan pequeña con esa enorme bestia acechando sobre mí.

Mis dedos se movían incontrolablemente, acercándose a su… su... ¿Dónde lo tocaba?

¿En el hocico?…

No, no. ¿Y si abría de repente la boca? El recuerdo de esos caninos, la matanza, todo estaba muy fresco en mi mente…

No llegaba a las orejas, muy altas. ¿El cuello?

Cuando me decidí a tocarlo, a solo unos milímetros, levantó la cabeza gigantesca y volvió a mirarme intensamente.

Juro que lo que me faltó para hacerme pis fue nada. La mano congelada en el aire, ni siquiera respiré brusco.

Tenía miedo y, a la vez, miles de sentimientos raros que no supe definir.

Como en cámara lenta lo vi observar mi mano, que de tanto que se sacudía parecía estarle diciendo “adiós”.

Se inclinó hacia ella lentamente. Sus ojos rubíes me examinaban y luego a mi extremidad.

Pensé en bajarla, que me la arrancaría de golpe.

Mis orbes se desviaron hacia un brazo ensangrentado dejado a un lado, y el pánico volvió a superar mi valentía.

Sin embargo, antes de que me pusiera a gritar histérica, una suavidad esponjosa se pegó a la palma sucia y llena de restos de sangre seca.

Esa indomable criatura movió con cuidado el lateral de su poderoso hocico, como si pidiera caricias, al igual que una mascota.

Me atreví a cometer más locuras.

Comencé a pasarle mis dedos rígidos, a entrelazarlos con las hebras oscuras del denso pelaje, ganando cada vez más confianza.

—¿E... Elliot? —su nombre me salió casi como en un susurro.

Elliot era un hombre lobo. Nunca había visto a uno transformado.

¿Eran así? Con razón los elementales les tenían pánico.

Resopló un poco, parecía molesto.

Su larga lengua comenzó a lamerme las heridas de rasponazos, entre los dedos, llenándome de saliva húmeda que se sentía cálida.

Me picaba un poco, pero atenuó el dolor.

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