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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 390

KATHERINE

La tierra retumbaba bajo sus pasos, las copas oscuras de los árboles se veían tan cerca.

Miré hacia arriba, a sus facciones bestiales.

Olfateaba el aire y cambiaba la ruta.

Sus peludas orejas se movían escuchando cada susurro de la noche.

Tan poderoso… Es increíble que Elliot sea esta criatura.

Un grito agudo que estremeció el bosque me provocó escalofríos en todo el cuerpo.

—¡Es Lavinia, es nuestra hija! —le grité con el corazón en la boca, retorciéndome desesperadamente para mirar hacia el frente, donde los árboles se despejaban, mostrándome una vista que me heló la sangre en las venas.

Había un puente colgante, rústico, construido con lianas y madera, que unía dos extremos lejanos y en el medio, una profunda depresión.

Debajo, las aguas verdes del pantano se movían en apariencia quietas, pero sombras oscuras nadaban suavemente, pegadas a la superficie.

Estaba infectado de caimanes y, ahora, sobre ese puente inestable, esa maldit4 bruja tenía retenida del brazo a mi hija y la empujaba para avanzar a esta orilla.

Un rugido estremecedor la hizo detenerse y fijar su mirada asombrada en nosotros.

Ni siquiera pareció verme; sus ojos se quedaron clavados en la poderosa bestia que la amenazaba y daba pasos hacia el borde.

—¡Aaahhh! —Lavinia gritó al verlo, llorando y asustada en extremo.

—¡Soy yo, Lavinia, no tengas miedo! ¡Soy tu mamá! ¡Bájame, déjame ir al suelo! —comencé a empujar su pecho; mis botines se balanceaban en el aire hasta que él me colocó con suavidad sobre la tierra.

No me lo pensé dos veces para acercarme al comienzo del peligroso puente.

Miré por entre los tablones carcomidos; un poco de tierra suelta había caído perturbando el agua, y los vi con mayor claridad: depredadores listos para comerse a la pobre víctima que entrara en sus dominios.

—¡¿Dónde, dónde está mi hijo, bruja?! ¡Si ... si tú o ese monstruo intentan algo, la voy a arrojar del puente!

—¡No te atrevas! ¡Déjala ir! ¡Deja ir a Lavinia! ¡Sin ella no tienes nada; ya estás perdida, pero si me la entregas te dejaremos ir, lo prometo, no te daremos caza! —jugué con la única carta de la baraja que me quedaba, o al menos eso pensé.

—¡No te creo una sola palabra! Me la llevo, y me devuelves a mis hijos, o nunca más verás a la tuya.

Agarraba a Lavinia como un ave de rapiña.

Mi pobre hija no tenía fuerzas ni para gritarme.

Sus ojos me miraban llenos de lágrimas y desesperación, mi alma se apretaba dentro de mi pecho.

Si esa mujer descubría que el tal Francis murió, sería capaz de arrojarla a los cocodrilos en el acto.

—Está… está bien. Te llevamos a Francis, pero tienes que esperar a salvo en la orilla, nosotros…

¡BAM!

Un saco pesado cayó cerca de mí, haciéndome saltar de la impresión y cerrar la boca.

Juraría que escuché un gemido bajo desde su interior.

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