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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 391

KATHERINE

—¡Ven, acércate con Alexia, pero deja a ese monstruo atrás o no hay trato!

Miré hacia Elliot; no parecía tener intenciones de dejarme ir.

—Necesito hacer esto. No te preocupes, yo puedo hacerlo, yo puedo —le dije intentando apaciguarlo.

No estaba nada feliz, se movía inquieto, gruñendo.

—Además, no puedes subir al puente, pesas mucho; no aguantaría —le señalé otro punto lógico.

No sabía bien cómo funcionaba eso de la transformación.

Al final, tras mucha persuasión, puse mis pies sobre ese puente tambaleante.

Era estrecho; llevaba a esa mujer sostenida frente a mi pecho.

Ella intentaba todo el tiempo zafarse, pero no la dejaría, porque la vida de mi Lavinia dependía de eso.

—Ya basta de resistirte. Si cooperas, todo esto se acabará pronto —la zarandeé un poco, apretando sus brazos maniatados, aguantando su hedor, más los gases del pantano que subían como huevos podridos.

Iba dando pasos casi a rastras; prácticamente se cuela por entre una de las viejas tablas que cedió.

—¡Alexia, hija resiste! —su madre daba alaridos de preocupación.

Mientras sostenía su peso para seguir avanzando, vi que el ama de llaves se acercaba hasta nosotros también sujetando a mi pequeña.

Así estuvimos metro a metro, un paso más juntas. En su desesperación, la Sra. Prescott fue quien casi se adelantó hacia nuestra posición.

—¡Dámela! ¡Contemos hasta tres! —me gritó a menos de dos metros de distancia.

—Está bien, pero quiero que entiendas algo: si juegas con la vida de mi hija, ese depredador que está allá atrás saldrá a darles caza por el bosque. Piensa bien, ¡no puedes correr más que él! —la amenacé sin escrúpulos, temerosa de sus jugarretas.

—No haré nada, pero debes darnos tiempo. ¡El trato es que nos dejarás ir! ¡Ya sé que debieron matar a mi hijo! ¡No dejaré que me quites también a Alexia!

Nos pusimos de acuerdo finalmente.

Cualquiera que la escuchara pensaría que las víctimas aquí eran ella y sus maleantes.

—Amor, corre hacia mí cuando diga uno… ¡Tres! —comencé a contar mirando a los ojos de Lavinia.

Estaba tan orgullosa de ella.

—¡Dos! —mi corazón latía: boom, boom, boom.

El chapoteo del agua en el pantano apretaba mi pecho.

—¡Uno! —finalicé el conteo, y la vi soltar a Lavinia. Yo hice lo mismo con su hija.

A pesar de todo, era una mujer honorable.

De verdad pensaba en entregarle a Alexia aquí y ahora. Ya después veríamos.

Como en cámara lenta vi a Lavinia avanzar con agilidad por los tablones de madera, que resumían polvo al aire.

El bamboleo del puente me ponía nerviosa, el sonido de las lianas retorciéndose.

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