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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 394

DUQUE THESIO

—Señor, lo vi todo desde las sombras, por suerte no me había adentrado en el campamento. ¡Llegaron como una plaga y acabaron con nuestra gente! El Duque de Everhart estaba a la delantera…

Escuchaba el reporte de mi soldado, dando vueltas como una bestia enjaulada por el despacho.

Ni siquiera le dio tiempo de avisarle a Arthur de la retirada.

La verdad es que en el fondo me alegro de que lo hayan asesinado y no tomado como rehén y testigo.

Ahora puede ser perfectamente mi chivo expiatorio.

Lo negaré todo, es mejor pasar por un Duque incompetente que estar relacionado con hechicería y los planes para joder a Elliot.

—¡Maldición! —¡BAM!

Pateé la silla con rabia.

Tanto dinero invertido en materias primas y sobornos, lo que le robé a Elliot apenas me compensaba, se había ido en los estómagos de mis soldados.

Temía que la gente del Regente me visitara en cualquier instante.

Toc, toc, toc.

Me congelé al escuchar los toques en la puerta.

—Cállate —le hice señas al soldado y le indiqué con la cabeza que abriera.

—Dígame.

—Alguien está buscando a su señoría…

—¡Pedí no ser molestado! ¿Acaso estás sordo? —caminé con furia hacia la puerta y la abrí de golpe—. ¡Espero que sea algo import…! ¿Brenda?

Me asombré al ver a la mujer al lado del mayordomo.

Se retiró la pesada capucha de la cabeza quedando al descubierto.

—Lamento molestarle, su excelencia, yo… —dudó un momento.

Que estuviese aquí, en mis tierras, me decía que había pensado en mi propuesta.

—Querida, debo finalizar un asunto rápido, espérame en el salón privado. Muéstrale el camino y atiéndela como la señora de la casa —le ordené al mayordomo.

Miré sus hermosos ojos por un segundo y creo que, por primera vez desde que la conocí, vi algo más que solo disgusto.

Me quedé observando su partida.

Ahora que Brenda se encontraba en mi castillo, una idea tomó forma en mi cabeza, pero… primero lo primero.

—Sigamos —le dije al soldado, cerrando yo mismo la puerta y pasando el seguro.

En lo que él hablaba de nuevo de la masacre en el campamento y lo afortunado que fue al no verse involucrado, yo me pegué al escritorio, de espalda a él y sostuve el afilado abrecartas en mi mano.

Guardé la hoja hacia el interior de mi manga.

—Eso espero —agregué, dándome el último trago—. ¿Brenda está en el salón?

—Sí, señor —respondió, y asentí, caminando hacia la salida, mientras él enrollaba la alfombra con el cuerpo y las evidencias dentro.

Pasé por encima con mi pierna, cuidando de no mancharme con sangre.

—Y repone el abrecartas.

¡BAM!

Cerré la puerta de golpe, caminando por el pasillo con el ceño fruncido.

Yo no haría como el idiota de Elliot, que tenía al enemigo justo bajo su techo y por ser un mano suave, le vieron la cara.

Le pagaba el colegio privado a las hijas del mayordomo.

Él estuvo muy agradecido al inicio, sin darse cuenta de que era mi manera de comprometerlo y, a la vez, controlar a su descendencia como mis rehenes.

Me delata y sus princesitas no llegarán a casa en las próximas navidades.

Subí rápido a mi habitación para cambiarme de ropas, por si acaso me había salpicado sangre y acicalarme.

No todos los días disfrutaría del placer de encerrar finalmente a esa leona en mi jaula.

Estaba seguro de su rendición y este momento, lo tenía iba a saborear.

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