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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 395

DUQUE THESIO

De regreso al primer piso, caminé rumbo al salón.

Empujé la puerta para encontrármela de pie, observando el jardín por la ventana.

Mis ojos se desviaron hacia el vestido ceñido que llevaba, atrevido como todo en ella.

Las curvas sexis de sus caderas y su trasero me llevaban a imaginar tantas locuras placenteras bajo las sábanas de mi cama.

—Querida, ¿he tardado mucho? —cerré la puerta y me acerqué con paso firme.

Ella se volteó para darme una sonrisa coqueta.

—No, su señoría, fue poco tiempo.

La tomé de los hombros y me incliné a besarle las mejillas.

Como siempre, pegué mis labios muy cerca de sus comisuras, casi al límite de besar esa suculenta boca.

Brenda siempre giraba la cara; hoy me dejó salirme con la mía.

—¿Te atendieron bien? ¿A qué debo tu visita repentina? Ven, siéntate…

—No, espera, Thesio —me sostuvo la mano, sin querer sentarse

—. Yo no soy una mujer de darle muchas vueltas a las cosas. Estoy aquí hoy para dar una respuesta a tu proposición, que espero aún sea de casamiento.

Me dijo, y podía notar el nerviosismo en sus dedos temblorosos.

Alejándome y tomando asiento en el sofá frente a ella, me recosté relajado con los brazos sobre el respaldar.

Por primera vez me sentía la parte dominante en este jueguito que llevábamos demasiado tiempo.

—Sí, la proposición era de casamiento, nunca te he mentido. Mi deseo siempre fue que te convirtieras en mi Duquesa —asentí, sintiéndome con el trofeo en las manos al ver el brillo en su mirada.

—Pero, Brenda, entenderás que después de tantas negativas y rechazos, ya no me encuentro tan entusiasmado contigo.

Continué manteniendo mi expresión de indiferencia, ocultando mis deseos intensos, aprovechándome ahora de que ella me necesitaba.

Sabía muy bien que Elliot debió patearla, por eso estaba aquí.

—Además, vienes de repente… ¿Te mandó el Duque de Everhart a espiarme?

—¡No! —respondió enseguida.

La ira fue evidente, lo cual confirmó mis sospechas.

—. Eso se terminó para siempre. Descubrí que ese hombre no te llega ni a las botas. No quiero más el lugar de ser “la otra”, me merezco ser la esposa.

—¿Ah, sí? ¿Y qué te hace pensar que aún estoy dispuesto a recogerte? Yo también tengo mi orgullo, Zafiro.

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