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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 396

KATHERINE

—Listo —clap, clap, clap.

Sacudí mis manos mirando mi buena obra.

No quedó impecable, pero sí bastante habitable y decente.

Miré al pasillo, al buen chico que esperaba como un alumno a su profesora.

—Ven, trae a la niña, cariño —le pedí y lo vi alzarse sobre sus poderosos cuartos traseros cargando con cuidado a la pequeña.

Ahora que la adrenalina iba bajando, sus palabras de confesión en el puente regresaron a mi cabeza.

Mientras lo veía entrar con algo de incomodidad por el marco estrecho y lo ayudaba, mis manos tocaron suavemente sus poderosos antebrazos.

Elliot dice que esta criatura me ama, como él… ¿Acaso son seres independientes? ¿No es lo mismo? ¿Y me ama?

¿Así, sin más, tan rápido? Amor para mí es una palabra muy seria.

Mis ojos se cruzaron con los suyos lobunos y, por una tonta razón, comencé a ponerme nerviosa.

Mi corazón se saltó un latido.

—Hum —tosí con falsedad—. Acostémosla en la cama, encontré unos cambios de sábanas en el clóset. ¿Venías aquí a menudo?

Le pregunté para dar conversación, pero no asintió ni negó.

Colocó con delicadeza el pequeño cuerpecito de Lavinia sobre el colchón.

Al observarla bien y descubrir tantos pequeños cortes en su blanca piel, magulladuras y moretones, me olvidé de todo lo demás.

—Mi pobre bebé, esos malditos… —tragué el nudo en mi garganta, apretando los dientes con odio.

Fui a quitarle sus zapatitos sucios y destartalados, metiéndola debajo de la vieja cobija con un poco de olor a guardado, pero era eso o pasar frío.

Un gruñido bajo a mi lado me hizo reaccionar.

—¿Qué sucede? —le pregunté al verlo sentarse en el suelo al lado de la cama, rozando con mis muslos.

Abrió la boca e hizo un gesto de ingerir algo, luego señaló a Lavinia.

—¿Comer? —asintió enseguida—. ¿Hay comida aquí? ¿Alguna despensa?

Me preparé para ir a buscar algo con qué reponer energías, yo no estaba muy bien tampoco.

Pero negó con la cabeza, su mano tosca tomó la mía y llevó mis dedos a los labios de Lavinia, luego abrió su boca.

—¿Quieres… eee… que le mantenga la boca abierta? —adiviné después de varios intentos—. Bien, ¿así?

Separé sus labios pálidos y sus dientes. ¿Qué pretendía?

Pronto lo supe y me asusté a morir.

Observé cómo una de esas garras mortales rasgó como papel su gruesa muñeca, que llevó enseguida sobre la boca abierta de Lavinia.

—¡No, espera, qué haces! —intenté detenerlo, pero un gruñido severo me detuvo en seco.

Se pegó más a mí, casi encima de mi cuerpo, yo sentada en el borde del colchón.

Lavinia comenzó a tragar por instinto. La sangre roja, como un vino tinto, fluía sin cesar hacia su garganta.

Abrí mucho los ojos cuando vi la magia que hacía ese líquido poderoso.

Las abrasiones, marcas de traumas y heridas comenzaron a desaparecer a simple vista.

La palidez de sus tiernas mejillas comenzó a cambiar a sonrojadas y saludables.

Los arrojó en el depósito al lado de la antigua chimenea y comenzó a rellenarla de combustible.

—Voy por las cerillas.

Entendí enseguida que deseaba encender el fuego.

Fue a la habitación medio cojeando. Lavinia seguía donde mismo.

Tomé la cajita y le bajé la luz a la lámpara antes de salir.

Cerré de nuevo la puerta, esta vez con la llave que había encontrado en un cajón.

Me sentía más tranquila así.

No conocía los escondrijos de esta mansión y, después de lo del castillo, no quería encontrarme con más intrusos saliendo de pasadizos secretos para robarse a mi hija.

—Aquí está —moví la cajita saliendo al frío espacio.

De nuevo se había marchado.

Me acerqué entonces a la chimenea y, con un viejo periódico dejado a un lado, lleno de hollín, logré encenderlo y meterlo entre la leña seca ya colocada en el brasero.

Enseguida la luz tenue y el calor, comenzaron a llenar la estancia.

Miré con más detenimiento a mi alrededor.

Bueno, a través de la luz anaranjada, las cosas no se veían tan tétricas. Con una manita de pintura y un plumero, tampoco era tan malo.

—¿Qué es eso?

Lo vi cargando un enorme rollo de tela en la mano y un cubo de madera con agua en la otra.

¿Qué se traía entre manos este lobito?

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