KATHERINE
Con pantomimas, de nuevo entendí que deseaba arrojar la alfombra dentro del forro de tela al suelo, y el agua era para quitar el polvo de las frías baldosas.
—Yo lo hago —me rugió cuando intenté ayudarlo— Bueno, bueno, salvajito, está bien…
Presenciar la escena de ese enorme cosote pasando con torpeza un trapo mojado en el espacio frente a la chimenea, por poco causa que me ría en su cara a carcajadas.
Se me escapó una risita al verlo fregar con ahínco, todo concentrado, como una sirvienta consumada.
Subió entonces la cabeza para mirarme agraviado.
—Yo… —disimulé la risa a duras penas—. Se te quedó un pedacito ahí.
Le señalé el sitio donde se apoyaban sus rodillas, como toda una patrona… ¡y me hizo caso!
Jajajaja, el Duque Doncello… ay, no, no, el Duque Bestiecita Friega Suelos, jajajaja…
Las mejillas me dolían de aguantarme.
Esta, se la guardo para el futuro junto con el rodeo de puercos.
El calor del fuego evaporó enseguida el agua.
No sé si por su fuerza, pero de verdad las baldosas brillaban.
Yo creo que ni cuando las pusieron nuevas estaban así tan relucientes.
El toque final fue cuando paró el cilindro frente a él, rasgando la tela protectora. Miré con curiosidad.
Dentro había conservada una alfombra nueva.
La extendió a todo lo largo frente a la chimenea.
—¡Buen trabajo, mi Duque! —incluso le aplaudí con elogios.
Sus ojitos, brillando con la luz de las llamas, me dijeron que bien que le gustó.
Aún no comprendía bien el porqué de tantas preparaciones, pero cuando se sentó cerca de la chimenea, sobre la alfombra de arabescos burdeos, y se quedó solo mirándome, ese revoloteo comenzó de nuevo en mi pecho.
—Tú… ¿quieres quedarte a dormir aquí?
La respuesta fue estirar su mano llena de garras oscuras.
Tragando en seco, me agaché un poco para quitarme los botines y no ensuciar.
—Mmm… —gemí, y no precisamente de placer.
La inflamación en mi rodilla ya era muy evidente, el dolor se volvía insoportable y reparé en lo apretado que estaba el cuero contra mi piel.
—Elliot, no quiero manchar la alfombra. ¡Ah! —me aferré a sus hombros cuando fui alzada por sus brazos.
Con él siempre parecía una muñeca delicada.
Me vi sentada en su regazo, las piernas sobresaliendo por el borde, la suavidad del pelaje por todo mi cuerpo, los duros músculos de sus muslos bajo mis nalgas.
De repente, una duda así, de esas “loquilujuriosas” mías, me asaltó la mente.
Me restregué sutilmente contra él.
No había visto su “anaconda” en esta forma animal… ¿estaba oculta entre el pelaje, en una vaina o algo así?
—Auch —salí de mis fantasías perturbadoras cuando el primer botín cayó y salió mi pie hinchado como un jamón.
Así mismo estaba el otro. Resoplé aliviada al ver mis deditos de choricitos liberados.
— Elliot… gracias por venir, amor. Ni siquiera sé cómo llegaste allí o diste con nosotros, pero gracias.
Me abracé a su abdomen y recosté la cabeza a sus abultados pectorales.
Me sentía tan protegida a su lado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...