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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 410

BRENDA

Agazapada, fui moviéndome a rastras hacia atrás, sobre las frías baldosas, para evitar ser descubierta.

Entré por las puertas dejadas medio abiertas y corrí entonces hacia el espejo, examinándome, no fuese que tuviera hojas del bosque o algo que me delatara.

Con el corazón desbocado, me lancé prácticamente a la cama, escuchando las botas por el pasillo.

La puerta se abrió y el Duque Thesio entró a la habitación.

Sus pasos enseguida se dirigieron hacia mí.

Regulé mi respiración, él se detuvo en el borde y me examinaba, hasta que se cercioró y se marchó al baño.

Abrí los ojos, llenos de cálculos en la oscuridad.

Maldito idiota, ¿de qué le servía ser Duque si era solo un elemental? Nunca estarían a la altura de los poderes de los seres sobrenaturales.

Mañana iría a reunirme con ese vampiro.

Los días de Thesio estaban contados.

*****

NARRADORA

A varios kilómetros de la capital del Ducado de Thesio…

—Joder, creí que palmaba esta noche, parecía interminable —Tomás rezongaba subido en la carreta que los llevaba hasta su villa.

Atrás quedaron todos los cuerpos del enemigo esparcidos por la hierba ensangrentada, toda una carnicería al tomarlos desprevenidos, con los calzoncillos abajo y en pompa.

En las grandes embarcaciones que encallaron desde las tierras de Elliot, repletas de la guardia de la frontera, fueron escoltando a su gente de regreso a casa.

Se le dio asistencia a los heridos, como a Álvaro, el valiente soldado que casi muere ahorcado por su rival de amor.

—Pues sí, menuda nochecita… —Aldo respondía mecánicamente, en realidad su mente estaba ocupada con las imágenes del poderoso lycan.

Le preocupaba que Elliot no hubiese podido salvar a su familia.

—Aldo, ¿pero dónde se metió el Duque? —Tomás se inclinó sobre él cuchicheando.

La carreta traqueteaba por el camino, los pies de ambos colgando por el borde.

—Se marchó en una embarcación hacia sus tierras, por una misiva urgente.

“Cállate, no hables más de eso, te digo en la casa” agregó en su mente, haciéndole una señal con la cabeza, ya que el cochero y el soldado acompañante podían escucharlos.

—Aaah, claro, claro, sí… —Tomás dijo de forma antinatural.

Aldo lo miró un poco divertido, negando con la cabeza.

Que si no llega a ser por su buen corazón y valentía, era un tonto en toda regla.

Después de desandar por casi una hora.

—Bien, chicos, hasta aquí llegamos —la carreta se detuvo en la entrada de la villa y el soldado se bajó para despedirlos.

Ya el sol estaba por despuntar en el horizonte de esa noche tormentosa.

Aldo y Tomás agradecieron, haciendo por marcharse.

La gente del Duque se encargaría de lo demás, ellos habían hecho su parte.

—Espero que el Duque al menos nos devuelva las raciones de granos para comer y el acceso a la medicina del bosque —Tomás iba susurrando, caminando ambos bajo la luna, por el medio de la carretera central del pueblo.

Un camino más ancho y polvoriento que el resto de las callejuelas que se perdían por entre las casitas.

—Me imagino que sí —Aldo lo miró, admirado nuevamente por la simplicidad de su amigo.

—¡Lavinia! —Entré en el cuarto de servicio con premura, la camita vacía, ella no estaba.

Corrí desesperada, algo me decía muy bien a dónde había ido.

Como ese recuerdo maldito le hubiese hecho daño a mi niña, iba a desenterrar su cadáver para volverla a ahorcar yo misma.

—¡Hija! —grité cuando la encontré bajando las escaleras del vestíbulo.

Descalza, con su ropa sucia y llevaba en sus manos un objeto.

—Mamá, ¿no estabas ahora mismo conmigo? —me dijo confundida, mirando a su espalda.

No había nadie. Subí los escalones con prisas.

Sabía muy bien con quién me confundía, la mujer de mis sueños, esa que me guio hasta el desván.

Sospechaba que era la magia remanente de mi madre.

—¿Estás bien? ¿Nadie te hizo daño mi vida? —la revisé con temores, acariciando su cuerpecito, revisándole el rostro.

Entonces, mis ojos se fijaron en el cofrecito en sus manos.

—No, no. Solo… me dijiste que te acompañara a buscar esto —me dijo con inocencia, estirando las manos y pasándome esa cajita dorada y negra

— Estaba arrojada sobre la alfombra del pasillo.

La tomé dudando, pero enseguida una calidez asaltó mis dedos.

Subí la cabeza y juraría que la sombra de una mujer se desvaneció en lo alto de la escalera.

Algo importante estaba aquí adentro, tan crucial que mi madre lo guardó de mi padre, solo para nosotras.

¿Qué era? ¿Una forma de fortalecer mi magia o algo más peligroso y oscuro?

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