KATHERINE
Cualquiera que fuera el misterio que guardaba ese mini cofre, lo tendría que averiguar luego.
Primero, porque nos teníamos que regresar a casa.
Y segundo, tampoco se pudo abrir tan sencillo, como era lógico.
—Mamá, ¿es seguro salir? La… la Sra. Prescott, ¿no estará en el bosque con su hijo malo? —Lavinia se agarraba de mi falda con nerviosismo, mirando al jardín en ruinas y más allá del cercado.
—Tranquila, hija, yo estoy aquí para protegerlas, nadie les hará daño jamás —Elliot fue quien respondió por mí, cargándola protectoramente.
Mi corazón no podía estar más cálido.
—Pero, padre Duque, hay un monstruo allá afuera, tienes que tener cuidado, es… es muy fiero… —torcí la boca al escucharla.
¡Hija, ese “monstruo” es el mismo que tienes a tu lado, tu papá postizo!
Una risa sutil apareció en los ojos de Elliot, que me miró por un segundo.
—Lavinia, no vimos ningún monstruo, seguro fue un animal grande y te confundiste por el miedo —le explicó restándole importancia al asunto.
En el futuro, le contaríamos, obvio que sí, pero los niños no saben mentir muy bien y de ese asunto depende nuestra supervivencia.
Lavinia lo miró no muy convencida, pero no habló más del tema, aunque su mirada escaneaba siempre los alrededores con temor persistente.
—Ya desayunamos, ahora, regresemos a casa —Elliot dijo al fin y así nos pusimos en marcha.
Ni hablar de nuestras fachas, parecíamos sobrevivientes de una guerra, a medio vestir, sucios.
El Duque con los pies envueltos en telas de cortinas a modo de zapatos, despeinados, harapientos, pero sanos y salvos.
Atravesamos el bosque, Elliot se orientaba con los poderes de Vorath, que no paraba de hablarme en la mente.
Su marca cosquilleaba en mi nuca, aún no me hacía la idea de haber sido reclamada por un hombre lobo.
Como una familia unida, nos alejamos del peligro de la zona pantanosa y ningún animal salvaje se acercaba con la advertencia mortal de un lycan.
Llegamos finalmente a un paso de guardia entre el bosque y el castillo.
—¡SEÑORÍA! —los hombres gritaron desde la torre al vernos aparecer y enseguida hicieron por acercarse.
—¡No vengan! —Elliot les gritó parándose frente a mí, su aura abrumadora y amenazante que enfrió por completo el entusiasmo de los soldados.
“¡No quiero ningún macho cerca de mi hembra casi desnuda!”, escuchaba a Vorath rugir sacando los colmillos, como si esos pobres infelices pudiesen verlo.
Lobo posesivo y celoso, tan salvaje.
—¡Traigan un carruaje cómodo, con ropa abrigada para que nos lleve al castillo!
Ordenó, revolucionando enseguida a la gente.
“Ella está viva, se va a recuperar, tranquila, Kath” me aseguró apretándome los dedos.
Bajé la cabeza y tapé mis ojos con la mano temblándome, Elliot estiró el brazo por mi espalda y tomó mi hombro para pegarme más a él.
—¿Qué le pasa a mamá?
—Es solo cansancio, le duele un poco la cabeza, no te preocupes —Elliot le respondió a la vocecita de mi hija.
Tomé un largo suspiro de alivio y dejé ir esa piedra en mi corazón.
—Estoy bien, cariño, vámonos a casa —sonreí levantando la mirada, suprimiendo la humedad que amenazaba con condensarse en lágrimas de felicidad.
Toc, toc —Elliot palmeó el techo.
—¡Vamos de regreso al castillo ducal! —gritó y se sintió el traqueteo del mozo subiendo, el chasquido del látigo y enseguida nos pusimos en movimiento.
A nuestro lado, los relinchos y cascos me indicaban que la escolta nos acompañaba.
“Lobito, ¿puedes sanar a mi nana con tu sangre?”, le pregunté en su mente, recostada a Elliot.
“No, cariño, ella no es un ser sobrenatural, la sangre de lycan es muy poderosa, resulta tóxica y venenosa para la mayoría de los seres más débiles”, me explica y me quedo un poco confundida.
Mi mirada viaja hacia Lavinia, observando el paisaje por la ventana.
“Pero, la niña…”

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...