SIGRID
La magia de esa hechicera se entrelazó con la mía propia.
Miraba sus ojos por completo en blanco, estaba en trance, temblaba y balbuceaba hechizos sin coherencias.
No me asusté, más bien sentí curiosidad. Estaba profetizando algo, lo podía sentir.
¿Qué era? ¿Sobre mí, sobre nosotros?
Nuestras manos se apretaron y cerré mis ojos para invocar su ilusión en mi mente.
Sentía el vibrar de nuestros poderes unidos. Entonces lo contemplé.
Estaba en un sitio que invocaba recuerdos intensos en mi mente, dentro de una cueva más bien.
Yo la conozco. En ese lugar tan especial para mí fue donde hice el amor por primera vez con Silas en el cuerpo de Electra.
¿Acaso siguen en pie esas grutas?
Al verme acostada sobre una cama rústica e improvisada en el suelo, dentro de esa excavación natural, parecía que volveríamos a ese lugar escondido en alguna parte de este Reino.
Todo lo que le fue proyectado en su mente, también lo vi en la mía:
«—¡Sigrid, bebe de mi sangre! —Silas se cernía sobre mi cuerpo, entre mis piernas abiertas, desgarrándose la muñeca y dejando caer gotas carmesí sobre mi boca abierta.
En realidad estaba llena de energía, tanto que pensé que explotaría al siguiente segundo.
Aun así, el dolor destrozaba mis entrañas.
Era tan vívido, la realidad confundiéndose con la profecía.
Yo dentro de mi cuerpo, yo viviendo ese momento.
—¡Maldit4 sea, estás sangrando demasiado! No, no, no te puede suceder nada. ¿Por qué se adelantaron? ¡¿Por qué?!
Rugía enojado, indefenso.
Me miraba con cara de pánico entre las piernas. Solo estábamos los dos.
La bruma oscura saturaba la cueva. Silas se salía de control frente al miedo de perderme.
—Amor, cal... mate, Silas, por favor... ¡Aahh! —grité cerrando los ojos, sudando, apoyada en los codos, cuando el cuello de mi útero se dilató aún más.
Algo empujaba por salir, los huesos de mis caderas traqueaban y mi enorme barriga se movía.
—No puedo perderte, no puedo perderte… —repetía como un bucle, ideas locas apareciendo en su mente mientras me miraba hacia la barriga.
Él me escogería, sobre todo lo demás, lo sabía muy bien.
Nuestros pequeños se adelantaron, nunca debí convencerlo para dar este viaje lejos de mis padres.
Nos puse en riesgo.
—Dame la mano, Silas… ¡Silas, mírame! —extendí mi mano temblorosa, casi sentada, resistiendo lo mejor que podía, jadeando, apretando los dientes.
Subió sus orbes por completo oscuros.
Las risas maníacas de los espectros se escuchaban desde las paredes de piedra, solo esperando a enloquecer junto con Silas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...