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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 521

NARRADORA

No podía dejar de pensar en ella, su aroma le encantó a su lobo, le dijo que estaba al entrar en celo.

Tenía que ser suya. Si ese idiota no se la vendía a las buenas, lo haría a las malas.

—Señor, ya está aquí el guerrero, pero su acompañante…

—Llévala a mi espacio privado y custodia la puerta. Nadie tiene permitido entrar y ella no puede salir.

El fortachón asintió y salió para decirle a Verak que pasara adelante.

Costó su trabajo separarlo del pegamento de Nana, que ni sabía ya lo que hacía, ardiendo en excitantes calores.

Cuando Verak pasó a la estancia más lujosa que había visto en su vida, miró con respeto a Nerón.

—¿Usted me llamó?

—Voy a ir directo al asunto porque no me gustan las vueltas —los ojos claros del próximo Alfa lo miraron con desdén.

El olor en su cuerpo de la hembra estaba poniendo furioso a su lobo.

—¿Cuánto pides por esa mujer que te acompaña? —Verak se asombró al escuchar su pregunta

—. Viniste seguramente por la sal. Te doy cinco sacos de los grandes por ella, valen una fortuna.

Arrojó su oferta pensando que Verak saltaría en un pie por tal derroche.

Su pobre manada nunca podría pagar tanta sal.

Sin embargo, Verak frunció el ceño, quedándose en silencio.

La verdad es que vender a Nana no supuso un problema a su conciencia, pero entonces, ¿qué le diría a su madre, la curandera?

—¿Qué sucede, no es suficiente? Puedo agregar pieles y cerámica… ¡No seas tan codicioso!

—No es codicia, señor. Acepto su oferta, pero también quiero agregar un favor personal —el cerebro de Verak trabajaba a toda marcha, maquinando sus maldades y la manera de justificarse luego.

—Dime, y si me conviene, me dejarás a la chica y nunca más los quiero ver en mi manada.

*****

"Nana… mmmm… duele…" Reina estaba ardiendo.

Ambas eran inexpertas y el primer celo siempre era el más intenso.

En un mal momento había llegado.

Ahora se encontraban prisioneras dentro de una habitación, en penumbras. Los ojos borrosos de lascivia le dificultaban enfocarse, la respiración pesada y rápida.

—¡Déjenme salir! —Nana intentó de nuevo caminar hacia la salida de la carpa, para luchar con ese guardia, pero sus piernas cedieron y cayó al suelo en cuatro patas.

Jadeando y sudando, su mano se metió entre sus piernas donde necesitaba con urgencia la penetración de un macho.

Gimió tocando bajo su falda de cuero, los dedos empapados, el clítoris hinchado y sensible al mínimo roce.

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