LAVINIA
Me levanté con las piernas temblorosas y caminé hacia la pesada capa dejada sobre el suelo.
El fluido lechoso bajaba por mi espalda como un rastro que había dejado atrás.
Antes de tocar el picaporte, la doncella que me trajo abrió, mirándome de arriba abajo.
—Vamos —fueron sus palabras, y me llevó hasta otra habitación donde esperaban más mujeres.
Todos los ojos se centraron en mí, con diferentes expresiones.
Sus narices de loba se movieron y algunas fruncieron el ceño. Sé muy bien que podían oler “la marca” de un macho.
Me senté en una silla con las nalgas húmedas y el coño sensible.
Esperando salir de esta locura.
Pasó otra media hora, donde entraron más hembras al cuarto.
Uno de esos hombres llamados sacerdotes irrumpió al fin, con el rostro severo, pero sus pupilas se centraron en mí por un momento.
¿Será que nos iban a eliminar?
Quizás me creía la muy sexy y a su majestad no le gustó mi olorcito de allá abajo.
—Todas han sido seleccionadas para pasar a la siguiente ronda —dijo, devolviéndome el alma al cuerpo.
Los suspiros también fueron generalizados.
De repente, una de las hembras levantó la mano. Parecía una beta poderosa, una rubia de grandes pechos.
—Disculpe, ¿y cuándo veremos a su majestad? —le preguntó, y para mi asombro, todas asintieron preocupadas.
¿No pasaron por la misma “inspección” del Rey?
Aunque imaginarlo dándole sexo oral a todas ellas como a mí, me revolvió algo desagradable en el estómago.
—Cuando su majestad lo determine. Aquí se siguen las reglas, y la que no lo haga… puede terminar muy mal —le respondió tajante.
De esa manera se terminaba la primera ronda, y de tantas que asistimos, si acaso quedaron veinte mujeres.
El sacerdote y las doncellas comenzaron a llamar una a una, supongo que para asignarnos de vuelta a los cuartos.
Pero en un segundo que nos dejaron solas, me vi rodeada de varias de estas lobas que más bien parecían hienas.
—Oye, ¿por qué hueles a macho? —me empujó por el hombro esa beta que llamaron Vera.
—No te tengo que dar ninguna explicación —le manoteé la mano sobre mi brazo.
—Pero si sigo aquí, creo que sabes muy bien a quién huelo, ¿no? Créeme que los sacerdotes también tienen nariz.
—¡No, no, su excelencia, lo lamento, lo lamento! —se arrojó de rodillas a los pies del macho, sujetándole la túnica.
—¡Solo estaba defendiendo a su majestad, pero estaba confundida, deme otra oportunidad!
Le suplicó sin pizca de dignidad.
Sus secuaces ahora miraban al suelo, el silencio reinaba en la sala.
—Lo dejaré pasar por la manada de donde vienes, pero le tocas un cabello a otra concursante y serás tú quien sufra las consecuencias. ¡Suéltame!
La pateó, separándose de ella.
—Ven conmigo —su atención de nuevo se centró en mí.
Salí siguiendo su espalda, pero podía sentir detrás de mí tanta malevolencia.
Quizás empeoré las cosas. Tendría que cuidarme de estas arpías.
La promesa de la corona real las llevaba a hacer cualquier bajeza.
Fui llevada a mi habitación, pero por la noche seguía este maldito torneo.
Aprovecharía el momento de descuido para husmear por las zonas del castillo.
Sin embargo, me vi envuelta de nuevo en una situación rara, oscura y demasiado… excitante.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...