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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 545

LAVINIA

Salí de mi habitación caminando un poco incómoda.

El vestido que llevaba iba bien ajustado a mi silueta, y debajo, un conjunto de ligas con encajes rodeando los muslos.

Mi intimidad, apenas tapada por una pieza demasiado descarada, que se me iba encajando entre los pétalos mientras daba los pasos.

Mi clítoris era constantemente estimulado por el roce y sentía que comenzaba a mojarme.

¿Quién diantres mandó a ponerse algo tan pervertido?

A mi mente llegaron los recuerdos de lo que viví en la tarde, y un poco más de jugo escurrió de mi coño.

¡No me gustó…! maldit4 sea, solo me quedé con un orgasmo a medias… es solo biología…

—Espere aquí —me indicó la doncella, y me paré en el pasillo junto con otras candidatas.

Me miraron de soslayo, pero ya nadie vendría a meterse conmigo, o al menos no abiertamente; sin embargo, estaba segura de que las cosas no se quedarían así.

Nos mandaron a pasar al comedor y me extrañó no ver a la beta, pero casualmente miré hacia atrás y la vi hablando con una de las doncellas.

Cuando se dio cuenta de que la descubrí, enseguida se separaron.

Parecía una interacción normal, pero tenía que andarme con cuidado.

Siguiendo las indicaciones, fui sentada en una de las sillas pegadas a la cabecera.

Me estremecí por la braga, encajándose en mi sexo.

Un velo negro caía desde las alturas y creaba un escudo para la persona anfitriona.

¿Por qué tanto misterio del Rey Lobo?

Los murmullos cesaron cuando las luces bajaron a un ambiente cálido y pasos se escucharon.

Me tensé, mirando con disimulo hacia la sombra del hombre que se sentaba detrás del velo.

Mis pupilas concentradas en captar algún detalle, pero la cena fue servida y no podía espiarlo directamente.

Sin embargo, al poner las copas de vino a mi lado, fui a estirar la mano para sujetarla y una mano masculina se extendió desde el interior.

Me sorprendí al sentir la frialdad de sus dedos apretando los míos sobre la copa dorada.

Esos dedos parecían los de un hombre joven, masculino, su piel muy blanca y con algunas cicatrices en el dorso.

Esas cicatrices, quise verlas más de cerca con el corazón latiéndome de prisa, pero el rey me quitó la copa y se sumergió de nuevo tras el velo.

¿Por qué, si tenía magia, no se las había curado?

Pero entonces recordé a otra persona a la que tampoco le gustaba quitarse las cicatrices… Laziel.

No podía ser, estaba desvariando.

¿Cómo sería Laziel el Rey? Que tontería.

Ni siquiera es un lobo y, además, no haría algo tan íntimo conmigo… él era frío, no le gustaba que lo tocaran y menos yo, una mujer diez años mayor que él…

Siempre inalcanzable, siempre creyéndose mejor que los demás.

Muchas veces quise hablar con él de magia, pero admito que temía ser rechazada por el principito de la escarcha. Tan hermoso como indiferente.

—Srta., el postre —la voz de la doncella llamó mi atención.

—Gracias…

—Su majestad, quisiera deleitarlo con mi música, si no le molesta —la beta rubia se levantó de repente y, con timidez, le habló al monarca.

Hubo un movimiento detrás del velo.

—Puedes hacerlo —uno de los sacerdotes parados en una esquina le dio permiso.

Sumida en la oscuridad, unos sonidos demasiado sugerentes comenzaron a salir del cuarto.

Me acerqué con curiosidad y temor, pero a través de la rendija no se veía mucho, solo otro pasillo.

Dudé, pero no sé por qué… terminé entrando.

La alfombra amortiguaba las pisadas y una luz rojiza se veía al final.

Una mujer estaba desnuda al pie de la cama y con las manos arriba, amarrada al techo.

Solo veía su espalda sudada y el cabello rubio bajaba hasta sus nalgas rojas con marcas de manos masculinas.

Sus piernas separadas mostraban el sexo de un rosado intenso, escurriendo algo lechoso por el interior de sus muslos.

Diosa bendita, ¿qué era todo esto?

No sabía si avanzar o retroceder.

Era claro que se trataba de la beta, pero no parecía haber nadie más en el cuarto. ¿Necesitaría ayuda?

Salí al fin de la protección del pasillo, pero antes de abrir la boca para llamarla, un ruido se escuchó.

Miré en pánico a todos lados, pasos se acercaban por donde había entrado. ¡No podía retroceder!

Mis ojos se clavaron en un armario grande y robusto y corrí hacia allí, sin fijarme mucho en dónde me metía.

Solo supe que fui engullida por la oscuridad y, a través de la rendija en las puertas entreabiertas, vi aparecer a un hombre cerca de la beta.

—Su… su majestad… mmm… —ella gimió llamándolo y empinando más las nalgas.

Yo no le podía ver la cara al macho, solo la espalda ancha desnuda, bronceada y tosca.

Con un pantalón holgado colgándole de las caderas y el cabello castaño.

Algo se sentía mal… no me daba la sensación de que ese fuese el hombre que conocí.

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