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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 616

NYX

El chillido de la pequeña Drakmor se perdió en el claro, sumergido por los rugidos de esas dos gigantes.

Su madre cayó, derribando algunos árboles, levantando una capa de polvo y tierra, intentando quitarse de encima a su atacante: otra hembra feroz y sanguinaria.

Sus ojos rojos fulguraban llenos de odio.

—¡No intervengas! —sin pensarlo, le ordené a la bebé, que se quedó lloriqueando, pero dentro de la protección del bosque.

Me abalancé a la lucha, temía lo peor, las fauces iban directo al cuello de la Drakmor sobre el suelo.

Sus pupilas de repente me miraron en la distancia, llenas de desesperación.

—¡NO! —grité con mi magia estallando en un fiero látigo chisporroteando poder.

Ondeó en el aire y se cerró alrededor del cuello de esa bestia; ni aun así detuvo su ataque para defenderse.

Creí que habíamos llegado muy tarde, pero en un segundo apareció una capa de hielo grueso alrededor del cuello de mi Drakmor y los dientes de la otra se hundieron en esa protección helada.

Su rugido de dolor estremeció los cielos.

Enfurecida, tiré con todas mis fuerzas del látigo, enviando corrientes asesinas, y su cuerpo entero se fue de espaldas, impulsado por mi presión.

Vi a Aidan patearle el morro en el aire y empujarla hacia el suelo.

Entre los dos logramos dominarla y separarla de la otra herida.

Invoqué mi poder y raíces como manos salieron de la tierra, apresándola, y grilletes helados rodearon sus patas.

Luchaba enardecida, rabiosa, todo el tiempo queriendo destrozar a la hembra que yo había salvado, pero no podía liberarse.

Fui a saltar con una lanza en la mano, dispuesta a arrancar su cabeza y terminar con esto, pero Aidan me detuvo.

—¡Espera, Nyx, no! —desvió mi ataque protegiendo su vida.

—¡¿Por qué la defiendes?! —le grité molesta, pisando la tierra.

Él no me respondió, sino que se acercó a la prisionera.

Yo, por mi parte, caminé hasta la montaña de escamas negras, sangrando por muchos sitios, pero lamía a su cachorra dándole tranquilidad.

Cuando llegué a su alcance, enseguida bajó la cabeza para tocar con su morro mi coronilla.

—Está bien, te dejo sola un momento y ya te metes en problemas —le dije suspirando, sin entender nada de esta situación.

Solo me miraba, gruñendo bajo.

Invoqué un poco de magia sanadora, colocando mi mano sobre sus heridas más graves.

Caricias suaves se frotaban contra mi muslo, provenientes de la bebé Drakmor.

—Eres muy valiente, salvaste a mamá —rasqué un poco la cresta de su cabecita y dio algunos chillidos orgullosos.

Me giré entonces; el silencio en mi espalda era inquietante.

Aidan estaba de pie frente a la bestia prisionera, estirando la mano para tocarle el morro, parecía que la conocía, pero esa Drakmor se retorció, huyendo de su toque, bufando enojada.

—¿La conoces? —le pregunté.

—Sí… es la hija del Alfa de los Drakmor, de Ignacio —me dijo en voz baja, sonaba de repente melancólico.

—¿Por qué está en este continente? ¿Por qué la persiguen y quieren eliminarla? —le pregunté, y entonces se giró para examinar a mi Drakmor.

Olfateó en el aire y luego miró con asombro a la cachorra a mi lado, que a su vez le daba ojeadas curiosas.

—Ven acá, pequeña, deja que te vea —se agachó para llamarla.

La cosita miró primero a su madre, que asintió.

A pesar de la situación tensa, que fuese tan bien portada me dio hasta gracia.

Llegó con cautela a donde estaba Aidan, que comenzó a rascarla bajo la barbilla.

Se la ganó en un segundo y la tuvo metida entre sus brazos, complacida con sus atenciones.

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