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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 618

UNAS HORAS ANTES DE QUE LOS DRAKMOR SE REBELARAN EN LA MANADA DEL PANTANO.

PALACIO DE INVIERNO.

ISABELLA

Desde que vine a este mundo he estado maldita.

El poder que la Diosa me otorgó solo me ha causado dolor y pesadillas.

¿Quién en su sano juicio desea escuchar los pensamientos más retorcidos y oscuros de las personas?

Sus anhelos egoístas, sus sentimientos perversos…

¿Por qué tengo que ser yo la que se quede con esas memorias marchitas cada vez que los tocaba?

Ese era mi poder, por eso anduve la mayor parte de mi vida fuera de casa, mis manos cubiertas por guantes especiales, aislada y sola.

Debí morir hace mucho tiempo, en aquella cueva donde el príncipe de invierno me encontró agonizando, prisionera de la maldad que había consumido durante años.

Aidan fue la gota de agua en el desierto de mi vida.

Pero ni siquiera él pudo llenar por completo mis abismos, como yo no pude llenar toda su alma.

Es irónico que, siendo una hechicera, mi magia jamás vibró con la suya, no de la manera de la unión perfecta.

Era la mate destinada de Vlad, pero tampoco pude darle lo que deseaba en realidad su corazón.

No me podía transformar y correr con él bajo la luna como una hembra de su raza.

Ella sí puede… desde que sentí su energía tan viva a través de la emoción de Theo, supe que había llegado el momento que llevaba años esperando.

Aidan estaba decidido a enterrarse conmigo entre estas cuatro paredes heladas… no lo podía permitir.

El amor que algún día me tuvo se había transformado en culpa y remordimientos, en lástima y melancolía.

Deseaba dejarlo en los brazos de una buena persona, en alguien merecedora del gran hombre que es Aidan.

Ya no aguanto más y suspiro, permitiendo que me envuelva la luz de la Diosa, que me lleve al sitio donde van las almas que están cansadas y solo desean olvidar.

Sin embargo, sigo siendo víctima de la oscuridad que habita en el interior de todos los seres y mi padre… el primer hombre al que idolatré en mi vida, no es la excepción.

—Padre, ya basta… —murmuro en un susurro, abriendo los ojos que me pesan toneladas.

Mi cuerpo se niega a responderme, apenas y puedo mantenerme consciente.

Veo la sombra que se cierne sobre la cama.

—Isa, pensé que estarías descansando…

—No mientas, comprobabas si había muerto —tomé su mano que se cerraba sobre mi muñeca.

Saqué de lo profundo de mi corazón mágico agonizante la fuerza para explorarlo.

Ni siquiera se ocultó de mí como hacía antes.

Era de las pocas personas que no podía captar todos sus pensamientos.

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