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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 627

NARRADORA

La ventisca sopló con fuerza en medio de las centellas y Aidan apretó su puño, quebrando en el aire los hilos entretejidos del maleficio.

Se hicieron añicos y, con ellos, el hombre que imitaba un poder que no le pertenecía.

Escondido a su lado, entre los arbustos, el otro vampiro se llevó la mano a la boca, viendo a su compinche caer en pedazos como una escultura helada.

El grito de asombro y dolor aún se reflejaba en su rostro contraído, que ahora caía en fragmentos sobre la hierba.

En medio del caos, Edgar se escabulló de ese campo de batalla para salvar el pellejo, como la rata cobarde que siempre había sido.

Sus pasos se perdieron en el mismo bosque por donde venían corriendo dos enormes leonas, cargando un trozo pesado de hielo.

Detrás de ellas, siguiendo su rastro, iban guerreros élites de los hombres bestias, ordenados por su rey.

Zeraphina no pudo detener todos los preparativos de Héctor para apoyar a esos traidores hechiceros.

En el momento que Isabella se vio libre del sortilegio de atadura, recolectó lo último de su espíritu y expandió sus alas para volar por última vez.

Su cuerpo entero se cubrió de destellos oscuros que vibraron en su pecho, donde aleteos de un colibrí se escucharon.

—¡¡ISA, NO!! —su hermana gritó, dejando su posición en las runas, y su madre también cayó al suelo de rodillas.

¿De qué le sirvió hacer todo esto entonces?

Las lágrimas de Aidan comenzaron a caer, congelándose en su piel tan fría.

El colibrí de un negro y amatista intenso acarició su frente.

La voz magnética se escuchó en su mente:

“Prometiste que si te volvía a llamar amor una vez más, me cumplirías cualquier deseo… Solo tengo un deseo, mi amor… sé feliz, sé muy feliz, mi príncipe, como siempre te has merecido ser.”

El espíritu de Isabella revoloteó rascando su corazón.

Aidan se aferraba a su cuerpo vacío, sin alma, mirándola a través de sus lágrimas, queriendo rugir de impotencia y tanto dolor.

—¡Bella!

La vio alejarse y estiró las manos en el aire, pero sus dedos solo tocaron la última estela de energía amatista.

La hermosa ave destelló como una estrella fugaz y se sumergió en el pecho del Rey Hechicero, que gritó al viento cayendo sobre una rodilla.

Todo su ser tembló en horribles espasmos.

Su hija había usado su voluntad, su última fuerza, para sacar ante todos sus feos fantasmas.

Sombras negras y retorcidas comenzaron a salir de su cuerpo, hablaban como él, delataban todos sus planes, sus ambiciones, su envidia y rencor contra el reino de los hombres lobo.

¿Por qué se tenía que rendir ante esos animales? ¡Los hechiceros eran superiores!

Edmund se desestabilizó entre gritos atormentados.

Estalló de ira, agarrándose la cabeza y luchando por liberarse del azote de Isabella.

Un trueno cayó sobre él, revitalizando su energía arcana, quemando las sombras de sus propias maldades, pero ya era muy tarde: todos habían visto la suciedad en su interior.

Aidan corroboró sus sospechas.

El mismo mago mismo había usado el cuerpo de Isabella como una marioneta para engañarlos.

Sus ojos tristes volvieron a cruzarse con los de tormentosos de Nyx que solo lo miraba y al cuerpo entre sus manos.

El revoloteo de un colibrí los hizo fijarse de nuevo en la sombra brillante que abandonaba a Edmund.

Se perdió sobre sus cabezas, surcando la noche y desvaneciéndose en los haces de luna.

Por un segundo, la Diosa alumbró con fuerza, llevándose de la mano a una de sus hijas más sufridas.

En su próxima vida se encargaría de hacerla protagonista de su propia historia, una muy feliz y con un amor arrasador, que le perteneciera hasta el final.

«Adiós, mi mate. Jamás te olvidaré, mi amada hechicera» Vlad murmuró al firmamento, cerrando los ojos con tristeza.

Un aullido profundo salió de los labios de Aidan. Theo también alzó su voz para darle el último adiós a su compañera de aventuras.

De repente, el claro se quedó en completo silencio, hasta que un indeseable rompió el momento solemne.

—¡YA BASTA DE ESTA MIERD4! —el Rey Hechicero perdió los papeles por completo.

Los llantos de su mujer e hija le molestaban.

La traición de Isabella acabó de matar lo poco que le quedaba de su cariño de padre.

Edmund había traído a mucha de su gente, los más poderosos de su clan.

Pronto, los elementos de la naturaleza se movían por doquier, como un juego de ajedrez sobre un tablero desigual.

La tierra temblaba, en cualquier sitio aparecía una barrera, un agujero, un precipicio.

Los relámpagos se movían sobre la carne y huesos de los hombres lobos.

Solo los lobos de fuego de las Centurias se libraban de ese azote.

Sin embargo, el bando del Rey Cedrik también poseía su magia y sus trucos.

Rosas negras comenzaron a brotar entre el césped chamuscado.

Un campo maldito que absorbía la energía sobrenatural, debilitando los hechizos de los magos.

Era el poder del Beta Vincent, que luchaba al lado de su princesa Centuria, la hermana de Aidan.

Todos habían llegado, y en este continente donde había fuego… también había hielo.

La nieve comenzó a caer sobre sus cabezas.

El suelo se congelaba, atrapando las piernas de los enemigos como manos heladas de muertos que surgían de la nada.

Témpanos afilados podían destrozarte el cuerpo en cualquier instante.

Un grupo de poderosos guerreros, todos de cabellos blancos, fornidos y temerarios, salió por la retaguardia a apoyar a sus Centurias.

Parecía que la pelea estaba ganada, aunque Aidan continuaba luchando con el más fuerte de los enemigos.

Pero Edmund, por muy poderoso que fuera, no era invencible.

Y él aún esperaba los refuerzos, que no tardaron en llegar.

Todo tipo de sonidos animales se escucharon acercándose.

Eran más luchadores… y obviamente, no pertenecían al bando del Rey Cedrick.

*****

—¡¿Cómo llamamos la atención de Aidan en medio de toda esa gente?! —las dos leonas jadeaban, al límite de sus fuerzas.

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