NARRADORA
Unos días antes…
Fuera de los muros de protección del feudo, Rousse había llegado al refugio de Marius y su gente.
No confiaba en los vampiros, pero reconocía que estaban solos en este mundo.
Los enemigos sobraban y aliados había muy pocos.
Ahora… aún estaba por verse si el vampiro que caminaba frente a él era un amigo leal.
—¿Estás segura de que fue a la salida de la muralla exterior? —Marius le volvió a preguntar a Meridiana.
Supuestamente, esta había sido la única hechicera que encontraron y, para el caso, no se veía como la gran cosa.
Por supuesto, Marius no estaba al tanto de los poderes de la pequeña bruja.
También se llevó una gran desilusión al no ver a Victoria, pero, según su sirviente, ella se había infiltrado en la fortaleza de los lobos.
Avanzaba entonces frente a Rousse y Meridiana, sosteniendo una antorcha que iluminaba el lúgubre túnel subterráneo.
Sus botas chapoteaban al pisar las aguas lodosas de la cloaca.
El tufo subía impregnándose en sus narices.
Solo unos piecitos se mantenían sin gota de suciedad, subida sobre la ancha espalda del general.
—Eee… la verdad, estaba muy nerviosa. Solo recuerdo bien que lo dejé caer del carruaje donde iba —Meridiana le respondió a su pregunta.
Se estrujaba el cerebro con los flashes de visiones que había extraído de la mente de la joven hechicera.
Aún estaba en estado crítico. Apenas manteniéndose en el mundo de los vivos.
Pero era necesario encontrar lo que tanto se empeñó en ocultar de Celia.
—Por las descripciones del lugar y contando con que la corriente de agua no lo arrastró, debería estar aquí —Marius anunció, subiendo la mano e iluminando la galería a la que se abría el túnel.
Los vampiros habían explorado casi todos los pasadizos, como ratas listas para escapar de los lobos.
—Las alcantarillas de esa parte están a algunos metros sobre esta fosa.
Les señaló el techo donde se veían algunos boquetes y, más arriba, haces de luces de las rejillas que comunicaban a las calles.
—Busquemos entonces —Rousse dijo sus pocas palabras y comenzó a sondear el agua estancada.
“Pequeña, no debiste venir, este sitio apesta… no, no, Meridiana, ni se te ocurra bajarte.”
El general estaba angustiado de que su delicada amante se ensuciara con la inmundicia.
Meridiana suspiró, abrazándose más a su cuello y haciéndose la resignada, a pesar de la sonrisita enamorada que se le marcaba en los labios.
¡Le encantaba que su macho la mimara!
Marius se alejó por otro lado, pasando las botas por el fondo, pensando en que estaba perdiendo el tiempo en tonterías.
Además, vigilaba de vez en cuando la interacción de esos dos raritos.
Una mueca torcida apareció en sus labios al ver a esa hembra dándole un beso en el oído a ese monstruo.
Que asco.
Se notaba que era ciega, ¿pero tampoco tenía tacto en los dedos para sentir esas horribles cicatrices?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...