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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 728

NARRADORA

—¿Le pagó a alguien para que te curara con su sangre? —Ághata le preguntó alzando una ceja, llena de sospechas.

Habían escuchado el relato de la doncella.

—Sí, sí, señora, pero no sé quién es, creo que uno de los guardias… estaba desmayada —respondió bajando la cabeza con actitud sumisa.

—¿Qué te preguntó sobre mí? ¡Como hayas dicho algo…!

—¡Yo no dije nada, Srta. Celia! ¡Ni siquiera acepté su propuesta! —se arrodilló enseguida en el suelo, temblando, justo como siempre.

—Cálmate, hija, calma —Ághata le sostuvo la mano que ya iba a pegarle a la criada.

—Ven acá —la jaló hacia una esquina—. ¿No me habías dicho que estaba muriendo? Es imposible curarse tan rápido, aunque sea sangre de un buen guerrero.

—Bueno… ahora no sé, para mí se veía grave —Celia la miró con ojos esquivos.

La vida o muerte de sus doncellas no era algo que le preocupase mucho.

Ághata suspiró y pensó en las palabras de la chica.

—Creo que tenemos aquí una buena oportunidad. Esa vampira quiso jugártela, plantar una espía, pero nosotras usaremos su propia estrategia.

Le dijo a Celia, que entendió enseguida las maldades de su madre.

—¡Levántate! —llamó a la sirvienta con prepotencia.

—. Vas a aceptar ser la doncella de la amante del Lord y fingirás que la obedeces y espías a Celia.

Mientras más Àghata le decía, más convencida estaba de que habían encontrado una oportunidad única.

—Le contarás palabra por palabra lo que nos convenga, y más te vale no traicionarnos, porque yo no soy tan benevolente como mi hija, ¿entendiste?

—Sí, sí, señora —la doncella bajó la cabeza.

Pero en el fondo de sus ojos fulguró una bruma blanca que desapareció enseguida en el negro de sus pupilas.

*****

VICTORIA

Esa noche salí del cuarto de baño envuelta en mi bata de seda.

Draco había ordenado cajas y cajas con prendas para mí.

Lástima que entre una cosa y otra, no supe de la reacción de mi querida Celita cuando vio la lencería llena de semen de su Lord.

Me alisé el cabello en el espejo, rocié un poco de perfume y apliqué el bálsamo en mis labios.

Mis pies descalzos avanzaron en silencio sobre la alfombra hacia la antesala.

Mi macho prácticamente se había mudado a mi habitación y la suya estaba abandonada a un lado.

Me recosté en el marco, con los brazos cruzados bajo los senos, observándolo en el sofá.

Estaba con la camisa abierta y ese pecho sexy expuesto.

El pantalón de montar se le pegaba a los fuertes muslos y marcaba esa silueta gruesa en su entrepierna.

Buscaba unos papeles sobre la mesita del café y los revisaba con el ceño fruncido.

Su cabello castaño claro revuelto por los dedos.

Estaba lleno de preocupaciones, lo podía ver.

Lo sentía en el ambiente del palacio. Incluso, a partir de hoy, tengo escolta.

Dos de sus hombres de confianza. Draco me está cuidando… de su propia gente.

Sé que lo van a presionar para que se deshaga de mí, puedo ir ahora y decirle que tengo un poder para apoyarlo.

Pero admito que estoy probándolo. Que deseo saber a quién va a escoger cuando las cosas se pongan extremas.

¿A su mate o al puesto de Lord?

Sube la cabeza y al fin me descubre espiándolo.

—¿Amor? ¿Desde cuándo estás ahí? —tira los papeles y me hace señas para que me acerque.

—Acabo de salir del baño —suspiro y camino hacia él con más ansias de las que pretendo mostrar.

La historia del pasado de Dracomir aún me duele.

Verlo ahora a los ojos remueve toda mi admiración por este hombre en que se convirtió y la tristeza por ese cachorro que algún día fue.

Me subo a horcajadas sobre sus piernas y paso las manos por detrás de su cuello tatuado.

Ahora sé de qué son esas cicatrices que se sienten bajo la tinta.

Mis senos se pegan a sus robustos pectorales y me inclino para lamer lentamente sus labios.

Sensual, despacio, adorando cómo gruñe de deseo y ese falo despierta enseguida bajo mi cuerpo.

Acaricio su cabello mezclando mis dedos entre las hebras mientras dejo un rastro de besitos en su boca y barbilla.

Draco cierra los ojos y suspira relajándose, recostándose al respaldar.

Vi directo al hambre en los ojos del lobo y bajé las manos para arrancarle los botones de la bragueta.

Este hombre es mío, completamente mío, y lo defenderé hasta las últimas consecuencias.

—¡Aaahhh! —grité al sentarme de rodillas sobre ese pene enrojecido, hinchado, descomunal y delicioso.

Lo tomé hasta el fondo y corcoveé sobre él ardiendo en lujuria.

Me aferré a los hombros de mi Draco, su boca chupaba y mamaba mis senos con hambre y gula.

Me complacía de tantas maneras.

Mis nalgas se abofeteaban contra sus muslos, cada vez más ansiosas, más apasionadas.

Mi coño apretaba y empapaba en jugos esa columna que palpitaba en mi interior.

Draco gruñía tenso, embistiendo hacia arriba, resoplando, dominándome, tomándome cada vez más salvaje.

Las llamas de la chimenea se reflejaban en nuestras pieles sudadas, en cada promesa de amor que susurramos en la boca del otro.

“Nunca te haré daño, mi amor, jamás. Yo te amo, te amo tanto…”

Murmuraba en su mente, buscaba esa conexión que unía nuestras almas.

Iba a sanar sus miedos, sus traumas, sus cicatrices.

Dracomir se aferró a mi cintura y me pegó tan fuerte a su pecho que casi dolía.

Parecía querer fundirme con él en un solo ser.

Gritamos de éxtasis al tocar las alturas, al experimentar tanto placer en el cuerpo del otro.

Mañana, las trampas, los juegos de astucia y las amenazas de guerra seguirían ahí, pero hoy, solo existíamos nosotros y nuestro amor.

*****

Al otro día, comprobé con satisfacción que esas tipas habían picado el anzuelo.

En lo que ellas planificaban cómo usar a la doncella para atraerme a su trampa, yo estaba en otra cosa.

Tuve un destello de claridad y sospechas.

¿Cuál sería el lugar de la fortaleza más adecuado para esconder una entrada secreta hacia las hechiceras, por ejemplo?

Obviamente, un ala desierta, odiada y llena de recuerdos dolorosos, donde Dracomir jamás regresaría.

“Padre modelo”… nunca debiste mostrarme tus cartas.

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