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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 733

NARRADORA

Marius permaneció unos segundos con la cabeza abajo.

Batallando por ocultar el odio en sus ojos.

—Bueno… al menos pude fantasear con una mujer tan increíble como tú —levantó la cabeza suspirando.

La sonrisa en su boca no le llegaba a los ojos.

—Estamos contigo, Victoria. Odio a los lobos… pero confío en tu justicia. Voy a reunir a los vampiros bajo las cloacas.

Le dijo haciendo una pequeña reverencia y alejándose como un hombre al que le habían destrozado el corazón.

Se marcharían Edgar y él por su cuenta.

Rousse se acercó, saliendo de la protección de los árboles.

La lluvia había cesado y se escurría entre sus ropas oscuras.

—No confío en ese vampiro —dijo en voz baja mientras ayudaba a la Srta. Victoria a ponerse de pie.

Había sido una locura eso que hizo; si su fuerza no era suficiente, podía haber sido arrastrada al mundo de la muerte.

—Lo sé —le respondió con un destello astuto en la mirada—. Mantén un ojo en él, presiento que va a hacer alguna estupidez.

Victoria se levantó, pero llevó la mano a la cabeza con un poco de mareo.

La sangre en su cuerpo ardía como lava hirviendo, su magia selénica drenada.

—Ya puse a dormir a los no muertos. Si tu padre supiera la locura que acabas de hacer y justo frente a mis ojos, me iba a arrancar la cabeza —le dijo, resoplando mientras invocaba el portal subterráneo para llevarla de regreso al palacio.

—Menos mal que tu cabeza y no tus huevitos, mira que ahora sí los necesitas.

—Victoria… —la llamó con una advertencia implícita.

Cuanto omitía el "Srta." generalmente, era porque estaba en problemas.

Pero mientras la tierra se los tragaba, la vampira se rio un poco más de su general.

Rousse no podía ocultar el amor por Meridiana y Victoria estaba demasiado feliz por él.

Esa brujita también lo merecía.

Había demostrado ser más valiente y temeraria de lo que aparentaba.

— Jamás dudé de que me estarías protegiendo, mi General— le susurró, perdiéndose en las entrañas del bosque.

El páramo saqueado, al fin se quedó en silencio.

*****

Unas noches después, mientras “la sirvienta de Celia” le peinaba el cabello, le dio la noticia que estaba esperando.

—Ellas parecen que ya están convencidas de que soy de confianza —le susurró a Victoria, tomando con suavidad su cabellera castaña.

El cepillo pasaba lentamente entre las hebras.

—¿Qué te pidieron hacer? —los ojos rojizos la miraron a través del reflejo del espejo.

—Espera… necesito que me quites esto para que vaya desapareciendo —se levantó abriéndose la bata y subiéndose el vestidito de dormir.

En su ingle aún se mostraban las iniciales de su supuesto amo anterior.

—Cada vez que Dracomir lo ve, tengo que soportar su mal humor. Me va a arrancar la piel a mordidas.

Esa idea del tatuaje no había sido la mejor que se le había ocurrido.

Meridiana hizo lo suyo, divertida por los aprietos de la vampira.

Victoria era tan impredecible, tan auténtica, que hasta la admiraba en secreto.

Ella quería ser así, audaz con su hombre, más apasionada.

Iba por el camino pensando en eso cuando llegó al área de la servidumbre.

Estaba en silencio y un poco desierta; a estas horas tan tarde, muchos descansaban, otros estaban de guardia.

La habitación de esta chica era la última, y empujó la puerta para entrar en las penumbras.

Pero nada más hizo cerrarla, cuando sintió un escalofrío subir por su espalda.

Su mano se apretó en el picaporte, lista para abrir, pero una presencia la acorraló.

Antes de que pudiese gritar por ayuda, le taparon la boca y la atraparon contra la pared.

¿Será que la habían descubierto?

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