NARRADORA
Nadie se había movido alarmado o activando las defensas.
Esa mano horripilante serpenteó hacia arriba, colándose de nuevo por el agujero negro que se iba cerrando en el techo.
Una risa monstruosa se escuchaba desde el otro lado y a Dracomir le pareció ver ojos mirarlo a través de la apertura rasgada.
El cabello completo del cuerpo se le puso de punta.
Hechicería negra era esto, y peor que los muertos revividos de Victoria o los trucos de Frederick.
— No subestimes a Laziel porque lo veas más joven y quédate tranquilo, ese traidor tiene las horas contadas - su suegro vampiro le aseguró.
Las pupilas asombradas de Draco se movieron hacia el chico como un gato perezoso que se levantaba de la cornisa.
— Intentaré traerlo con vida para que se venguen o lo que sea que vayan a hacer —dijo con calma mirando a Dracomir con ojos dorados llenos de frialdad.
Draco se dio cuenta de que no podía subestimar a nadie de esta familia.
—Lo dejo entonces a tu cargo —respondió con seriedad, intentando recuperar un poco la cara.
—Bien. Abuelo, me voy — Laziel anunció sin más, chasqueando los dedos en el aire.
Su cuerpo se disipó en miles de destellos negros, como pequeñas libélulas de sombras que se marchaban volando por la ventana.
El sudor aún le bajaba a Dracomir por la espalda cuando se acercó a examinar su asiento favorito.
Así, destrozado por ese macho, sin siquiera moverse de su lugar.
—No voy a preguntar qué fue eso —Draco resopló con algo de hosquedad yendo a servirse un trago bien fuerte.
Lo necesitaba.
— No te dejes impresionar, es mejor ser un lycan - Aldric enseguida defendió la raza.
— Por suerte, esta vez no nos tocó otro hechicerito, o vampiro… sin ofender, príncipe — aclaró enseguida ante la ceja alzada de Zarek.
—Bueno, seguimos entonces con la división, y calculen para mis dos hijos, que seguro van a querer unirse…
Dracomir escuchaba en silencio, entre bromas y mucha testosterona.
Miró hasta con lástima cómo bajaban sus mejores whiskies, pero ni modo; era como cuando venía tu familia numerosa a visitarte y faltaban más.
Familia… algo que jamás había tenido después de la muerte de sus padres.
Sentimientos que creyó sentir por Frederick y esas dos arpías… puras fantasías creadas por mentiras y magia.
Su Victoria había traído toda esta felicidad con ella. Su mujer increíble.
Algo en su pecho se revolvía y le agradaba demasiado.
Su lobo sentía respeto por otros semejantes en la sala, la jerarquía del poder.
Sobre todo ese hombre que todo lo preguntaba, su curiosidad no tenía límite: Drakkar.
El poder salvaje que moraba dentro de Dracomir veneraba la fuerza suprema.
Recordaba cómo se veía su transformación y se preguntaba qué le esperaba a Drakkar cuando uniera todas las partes del llamado Corazón de la Bestia.
—Yo iré con él —Dracomir no pudo evitar hacer equipo con Drakkar. Si se llamaban hasta parecido, era como el destino.
Deseaba verlo en acción, quería volver a sorprenderse, ser amigos.
Solo que jamás imaginó que, además de amigo, se convertiría en su “maestro de asuntos íntimos”.
—Sabes muy bien a dónde lleva tu rebeldía…
“Mmmnn al dulce castigo”, el cerebro descarado de Lavinia enseguida respondió por ella.
Pero, en apariencia, se había quedado callada, oponiéndose a él en silencio.
De repente, las manos de Lavinia se quedaron atadas al borde de la tina como si algo o “alguien” la estuviese sujetando.
Sus piernas abiertas sin poderlas mover ni cerrar.
Su barbilla fue controlada por dedos posesivos que tiraron de su cabeza hacia el respaldo de la tina, exponiendo más su garganta delicada.
Sus ojos se entreabrieron y de sus labios salió un gemido nada asustado.
El hermoso rostro de Laziel se veía a la inversa, inclinado sobre ella desde atrás y acercándose lentamente.
—Al menos finge que te asustan mis amenazas, pequeña revoltosa —su voz ronca se filtró por los sensibles oídos de Lavinia, enviando cosquillas por su vientre y entre sus muslos.
—Entonces te vas a tener que esforzar un poco más, príncipe espectro…
Lavinia sonrió de lado, sin poder moverse dentro del agua caliente, expuesta y vulnerable, como a él le encantaba someterla.
Esa boca sensual, que era su perdición, se acercó a la suya en un beso “del revés”.
En cuanto sintió el contacto de los labios deliciosos y masculinos, la luz se apagó en sus ojos y solo quedaba oscuridad… su oscuridad.
Como si un vendaje la hubiese cubierto, dejado a flor de piel sus otros sentidos.
Laziel tenía ganas de jugar y a ella le encantaba ser devorada por su depredador.
Definitivamente, se había convertido en una vieja pervertida ansiosa por probar la carne joven.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...