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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 761

NARRADORA

Las cosas se organizaron de manera bastante locas y relajadas; sin embargo, con las muestras que había tenido, Dracomir se encontraba confiado.

Ya se sentía con la victoria en las manos… las dos “victorias”: la de la batalla y su sensual vampira.

Quién lo diría, que al final terminaría muerto en vida con esa seductora que lo traía con la lengua afuera y, hablando de muerte…

Cuando iban saliendo, con el sol apenas asomando en el horizonte, apareció el general no muerto con su hechicera.

Dracomir los saludó brevemente cerca de las murallas.

Tenía que organizar a sus hombres, así que los dejó con Zarek, que salía por la entrada del castillo.

El príncipe lo había sentido desde hacía kilómetros.

Por mucho que su rostro siguiera indiferente como siempre, dentro de su cabeza y su alma, estaba inquieto.

Mientras bajaba las anchas escaleras de la entrada a la fortaleza, lo vio atravesar por debajo de las altas rejas.

Rousse venía agarrado de la mano de una pequeña mujer que llevaba un vendaje en los ojos.

La mirada seria de su general enseguida lo encontró aún entre los caballos con soldados que pasaban y las carretas de armas.

Rousse se acercaba a él y Zarek avanzó también sus pasos, encontrándose en el descanso.

—Mi señor —Rousse hizo un saludo respetuoso.

—Así que estoy tranquilo porque te fuiste con Victoria y la encuentro haciendo indecencias con ese lycan—. La ceja de Zarek subió, pretendiendo hablar con frialdad.

— No la protegiste de la peor amenaza…

—Fue mi culpa, príncipe vampiro. Yo lo entretuve de sus tareas… —la voz de Meridiana enseguida intervino; se veía algo ansiosa mientras se señalaba el pecho.

No entendía la dinámica de Zarek y Rousse.

Solo escuchó la voz afilada y pensó que su macho se había metido en problemas.

—¿Ahora tienes hasta defensora? —un bufido abandonó los labios del príncipe.

Pero en el fondo, sus ojos destellaron con sentimientos complejos.

Veía como Rousse observaba enamorado a la mujer y la tranquilizaba; ella había logrado de verdad revivir su corazón.

Además, Victoria no había exagerado, ciertamente, Rousse no podía ocultar ya su “humanidad”

La magia oscura de la hechicera era la cima de sus investigaciones y llamaba a la curiosidad de Zarek.

— Su nombre es Meridiana y es mi hembra—la voz de Rousse salió ronca y profunda.

Miró de nuevo a Zarek y parecían decirse tantas cosas sin palabras, como siempre había sido.

—Bien, entonces solo puedo agregar que, si alguien hace feliz a mi general… —el príncipe estiró la mano y tomó la de Meridiana, que se sobresaltó un poco, pero no luchó.

—. Tiene mi agradecimiento eterno y en mí encontrará a un amigo y aliado. Todos somos familia ahora —besó con sus fríos labios el dorso de la mano de Meridiana.

Las mejillas de la hechicera se pusieron carmesí.

No era nada que llevara una connotación equivocada, solo el más profundo respeto y las gracias que le podía conceder el príncipe descendiente de las primeras Selenias.

—De… de nada. Yo también le agradezco por cuidarlo hasta ahora —Meridiana balbuceó algo nerviosa.

¡Pensaba que este hombre iba a ser un arrogante grosero! Aunque no lo veía, su aura bañada en sangre y guerra, se olía desde lejos.

Pero descubrió que, debajo de todas esas advertencias y espinas, había un hombre noble y encantador.

Un verdadero príncipe.

—Ve a descansar, pequeña, el viaje fue largo —Rousse le besó la cabellera rubia, empujándola con su enorme mano hacia él.

“Vas a luchar” la voz de Meridiana resonó en su mente.

“Sí, es necesario. Pero estaré bien” él la tranquilizó.

“Lo sé. Confío en ti” su hechicera le calentó el pecho una vez más.

En eso, la voz alegre de Victoria llegó desde el interior, llamándola y arrastrándola hacia donde las mujeres desayunaban.

Meridiana miró hacia la entrada, donde Rousse se había quedado; aunque no lo podía ver, sentía sus ojos aun sobre ella.

¿Por qué esto parece más una fiesta que una guerra?

—¡Meridiana, voy a ser hermana! ¡Mamá está embarazada! —Victoria parloteaba más de lo normal.

Meridiana suspiró, pero pronto se contagió de su alegría.

Si su querido Lord lobuno iba a luchar y a ella le importaba tres pepinos, entonces todo estaba bien.

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