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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 496

CAPÍTULO 85

El día había sido una sucesión de portazos, silencios hostiles y miradas cargadas de una sospecha que ninguna cantidad de dinero lograba disipar. Matilde, Teresa y Clara habían recorrido desde las oficinas de aduanas hasta las tabernas más inmundas del muelle sur, y el resultado era desolador: nada.

Simplemente, no había nadie dispuesto a perder el tiempo con tres mujeres que hacían preguntas sobre un incidente enterrado por la corrupción. Nadie les daba la más mínima oportunidad ni de empezar el diálogo; en cuanto el nombre de "Julian Thorne" o "Augusto de la Vega" salía a relucir, las conversaciones morían y los hombres se daban la vuelta.

— Es inútil —susurró Teresa mientras caminaban de regreso por una callejuela flanqueada por almacenes vacíos—. Estamos gritando en el fondo de un pozo. Esta gente no va a cooperar con nosotras.

Matilde apretaba los puños dentro de los bolsillos de su abrigo. Su rostro, pálido y cansado, reflejaba una furia contenida.

— No es inútil, Teresa. Si no quisieran hablar, nos ignorarían. Eso significa que el rastro sigue ahí, aunque lo hayan cubierto con brea.

Clara, que caminaba unos pasos por detrás, no participaba en la charla. Sus sentidos estaban alerta. Había notado la presencia desde que salieron de la última taberna. Un hombre las estaba siguiendo.

En cuanto pusieron un pie en el vestíbulo, Clara tomó a Matilde del brazo con una firmeza que la sorprendió.

— Suban ahora mismo —ordenó Clara en un susurro urgente— Suban a la habitación, cierren la puerta con llave y no le abran a nadie, ni siquiera si creen que soy yo.

Matilde palideció, captando de inmediato el peligro. — ¿Qué pasa, Clara?

— Nos están siguiendo. Lo he notado desde que salimos del último bar —respondió Clara, escaneando la calle a través del cristal sucio de la puerta— Tengo algo de lo que encargarme. Yo sé cómo hablar con esta clase de hombres. Ustedes son un blanco demasiado fácil. ¡No se preocupen por mi!

Teresa y Matilde asintieron y subieron las escaleras corriendo.

Abajo, en la penumbra del vestíbulo, Clara esperó. Se apoyó contra el mostrador de recepción desierto, sacó un cigarrillo de su bolso y lo encendió con manos que, por fuera, parecían de piedra. La puerta del hostal se abrió lentamente, dejando entrar una ráfaga de aire salino y la silueta de un hombre delgado, vestido con una chaqueta de cuero desgastada y una gorra que le ocultaba los ojos.

Era "El Gato".

Clara no se movió. Exhaló una nube de humo y lo miró con un desprecio que ocultaba un miedo visceral. Se conocían desde hacía años.

— Te has tomado tu tiempo —dijo Clara, su voz sonando ronca y segura.

El hombre se detuvo a pocos metros, soltando una risita que sonó como el crujir de cristales rotos. Se quitó la gorra, revelando unas facciones afiladas y una mirada depredadora.

— Clarita… la pequeña Clarita —saludó él, recorriéndola con la vista— Te has vuelto una mujer fina en la ciudad, ¿eh? Ese vestido no es de los que se compran en los mercadillos del muelle.

— Ve al grano —sentenció ella— Te envió Elena, ¿verdad?

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