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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 497

CAPÍTULO 86

En el rincón más exclusivo del salón privado, rodeados por el aroma de puros habanos y el tintineo constante de la champaña enfriándose en cubiteras de plata, Enrique y Arthur Thorne celebraban lo que consideraban el acto final de Augusto de la Vega.

— ¡Por el camarero que quiso ser rey y terminó en una jaula! —exclamó Enrique, levantando la copa con una mano que ya no temblaba por los nervios, sino por la euforia alcohólica.

Arthur Thorne chocó su copa contra la del banquero con tal fuerza que el líquido salpicó sobre la mesa de juego.

— Y por la sangre, Enrique —añadió Arthur con una risa ronca— Julian Thorne debe estar revolviendose en su tumba en estos momentos, pero nosotros hemos venido a poner las cosas en su sitio. Ese dinero nunca debió salir de la familia. ¡Salud!

Ambos bebieron de un trago. Enrique se dejó caer en el respaldo de su silla de piel, observando el salón con una mirada vidriosa pero cargada de una soberbia renovada. A pocos metros, un grupo de mujeres los observaban con curiosidad. La noticia de que la Banca Saldívar era solvente de nuevo se había extendido como una bendición para los enemigos del banquero.

—Dime, Arthur —dijo Enrique, inclinándose hacia su nuevo "socio"— ¿qué te diferencia de ese camarero? También pasaste de una taberna a un club de lujo.

—Usted y yo somos de la misma clase señor —respondió Arthur, saboreando el cigarrillo que un empleado acababa de encenderle— No se equivoque. Yo no estoy aquí por la amistad. Estoy aquí por el dinero que ese de la Vega me ha robado. Guzmán me ha dicho que, en cuanto el juez dicte la nulidad del testamento, el primer cheque será para mí.

Enrique soltó una carcajada burlona.

— Guzmán es un abogado optimista. Pero no te preocupes, Arthur. Mientras dure el proceso, se encargará de que no te falte nada. Galdós ha sido muy generoso. —Enrique hizo una pausa, y su rostro se ensombreció por un segundo— pronto tendré esta ciudad a mis pies nuevamente.

Arthur no parecía muy interesado en los dramas de Enrique. Sus ojos estaban fijos en la mesa de bacará de altas apuestas que acababa de abrirse en el centro del salón.

— Oiga, Enrique —dijo Arthur, señalando la mesa— He oído que en este lugar se puede multiplicar el dinero más rápido que en un banco. ¿Por qué no probamos? Hoy la suerte está de nuestro lado. Tenemos los bolsillos llenos.

Enrique miró la mesa. El viejo demonio del juego, aquel que lo había llevado a la ruina una vez, despertó en su pecho. En su mente creía que era invencible.

— Tienes razón, Arthur. La suerte es una amante que solo favorece a los valientes —sentenció Enrique, poniéndose de pie con un poco de dificultad— ¡Mesero! Tráiganos fichas. Diez mil dólares para empezar. De la cuenta del banco.

Arthur abrió los ojos de par en par.

— ¿Diez mil? ¿Está seguro?

— Arthur, no seas pequeño —replicó Enrique, dándole una palmadita condescendiente en el hombro— Esto no es más que una "inversión de representación". Un banquero tiene que demostrar que no le teme al riesgo.

Capítulo 497 1

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